Personajes, lectores e historias en Picnic de Palabras

Por: Josue Veloz

Esta es mi tercera vez en el Picnic de Palabras: una como participante y esta es la segunda como voluntario. No conozco a las otras voluntarias. El único contacto ha sido correos donde cuadramos la hora y lugar de encuentro y las funciones que cada uno cumpliría.

En cuanto llegan me comparten su buena onda y entusiasmo, también me cuentan que son hermanas: Paola y Gina. En seguida me doy cuenta que llevan un buen tiempo compartiendo en el Picnic, pues hacen que podamos retirar el “librero rodante” con gran rapidez por su amistad con los encargados del Jardín Botánico de Quito donde se lo guarda.

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Sin más, sacamos el librero al lugar habitual donde, cada quince días, se lo instala. De nuevo abrirla nos retrasa, pero también nos obliga a ingeniárnosla para lograr nuestro fin, y enseguida se acerca una señora, de los puestos de comida de enfrente, a prestarnos su ayuda: “Siempre les tiene que pasar algo los domingos”. Ese “siempre” me hace pensar en el posicionamiento que ya tiene el Picnic de Palabras en el lugar, pero ese “les tiene”, y no “nos tiene”, me hace plantear un posible reto para el proyecto (aunque me gusta pensarlo más como colectivo): empoderamiento y sentido de pertenencia de los habitantes habituales del parque. No solamente porque ese es su espacio, sino porque les permite desarrollar una actividad sumamente enriquecedora para sus niños, quienes son los principales beneficiados. Muy probablemente no tienen otro espacio para realizar esta actividad, pues mucho me temo, que sus padres al no tener hábito de lectura, tampoco lo transmiten a sus hijos. Y esto no es un problema de clase socioeconómica ¡cuidado y alertas!

Un Ecuador donde se lee medio libro al año nos deja una clara evidencia de que esto está pasando en todos los rincones del país, sin discriminación de edades, géneros o clases sociales. De ahí a que los niños que han tenido la suerte de nacer en familias con mejores situaciones económicas tengan ventajas, como tener más libros al alcance en la biblioteca familiar, es otro tema, pero el fondo está en esas estadísticas alarmantes. Ahí radica la interesantísima propuesta que el Picnic de Palabras viene planteando por casi tres años en espacios públicos y gratuitos, sin necesidad de ser un ente estatal más bien como una iniciativa ciudadana-voluntaria que traspasa fronteras. Por ello, en lo personal, me siento orgulloso y privilegiado de poder participar de esta iniciativa, a pesar de ser tan solo mi segunda percepción como voluntario.

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En cuanto logramos abrir el librero móvil, extendemos manteles y empezamos a clavar parasoles (mala idea en verano, ya se darán cuenta por qué). En seguida se acerca un niño de los puestos de comida de enfrente y nos ayuda a organizar el espacio. Por supuesto, Gina y Paola lo conocían, se sabían su nombre y eran panísimas. Estas dos chicas son espectaculares con los niños. Debe ser su buena vibra que permite esta relación tan auténtica y horizontal. Una vez que instalamos el lugar, Gina y yo, vamos a invitar a la gente. Paola se queda leyendo libros con los niños: ¡hermoso!

Noto que el parque, en general, está vacío en comparación hace un mes, que fue mi primera vez como voluntario. Sin embargo, la poca afluencia me permite identificar personajes peculiares que habitan este parque, y que parecen salidos de cuentos (quizás y este parque esté más relacionado con el Picnic de lo que pensamos o podemos ver). Una chica que alquila carritos para niños llama mi atención, es demasiado mal humorada. Parecería que odia a los niños: “… ese no es mi problema. ¡Lleve a su niña a llorar a otro lado!” le grita a un padre cuya hijita estaba rodeando los carritos pero que nunca los llegó a tocar” (¿y ni saben? Cuando les cuento a las chicas, Paola ya la conocía. ¿Estas chicas conocen a todo ser que habita el parque o que onda? Jajajaja. Pero me encanta ese vínculo que tienen, no sólo con el proyecto, sino, sobre todo, con la gente del parque).

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Cuando regreso de invitar a la gente, para ver cómo va la cosa, Gina me invita a leer. Noto que ya hay algunas familias disfrutando, un domingo soleado, de la manera más rica. Padres leyendo a sus niños, niños leyendo por su cuenta, hermanos compartiendo historias y, por qué no, hijos leyendo a sus padres. No están en una biblioteca ni en la escuela ni en su cama antes de dormir. ¡Sí, están en un parque! Y están felices. Sonríen, cambian su voz para leer, se echan sobre el pasto. Si la felicidad existe debería ser algo así… creo yo.

Gina cubre todo el espacio que hay a mi alrededor de libros. Me sugiere uno con mucho entusiasmo: Little Bird (Germano Zullo/ Albertine- Enchanted Lion Books). Me gusta un montón. Resulta que a ambas les encanta ese libro, debe ser porque se parece a ellas. Trata sobre un señor que lleva pájaros en la parte trasera de su camión. Éste, atascado por un barranco que hay en el trayecto, decide liberar a los pájaros, pero uno se queda, al parecer no sabe volar. En base de señas y situaciones jocosas el señor le incentiva (o le enseña) a volar al pajarito, lo cual llena de una sonrisa gigante su cara. Al rato, el pajarito regresa comandando la bandada que antes había liberado el señor y lo toman de sus hombros con sus garras para llevárselo volando con ellos. De pronto noto una sonrisa en mi rostro, me la imagino como la del libro. Leo unos cuantos libros más. “Josueee” grita una de las chicas, levanto la mirada y veo un parasol asesino rodando por el parque a causa del fuerte viento de verano, por suerte nadie se cruza ni sale herido. La anécdota nos causa risa a los tres. Resolvemos quitar los parasoles y sugerir que en verano no se los use.

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Una de las chicas me pregunta la hora. Son las 12h05. Es hora de levantar el kiosko. Empezamos a doblar los manteles pero el mismo niño del inicio le pide a una de las chicas que le lea el último libro. Ella me lo delega, ¡gracias dios! Nos sentamos, le leo dos libros. Si hubiera sido él, yo me hubiera levantado a medio libro (esto para no hacerme quedar mal, yo mismo, como lector) y me hubiera retirado indignado. Aquí me planteo un reto personal, mejorar mis relaciones con los niños y, por supuesto, mejorar mi lectura en voz alta. En fin, hace un buen tiempo que no escribo sobre las cosas buenas de la humanidad. Otra cosa que agradecerle al Picnic.

¡Merci beacoup!
¡Dios les pague!
¡Yupaychani!

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Historias entre las historias

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Una reseña muy muy divertida de la mano de Silvi Albuja y Gina López

Lugar: Parque La Carolina
Fecha: 23 de abril de 2017
Mediación: Gina y Silvia

_¡¿Y la llave?! ¡¿y la llave?! Con rostro de preocupación, buscaba en todos los bolsillos de su pantalón jean y chaleco rojo el joven delgado encargado del Jardín Botánico.
_ Pero si la tenía en la mano – replicaba angustiado, frente a la puerta del Auditorio que permitía sacar el Librero Móvil.
Gina y Silvia se miraban una a la otra con cara de preocupación.
_ ¡¿Y ahora?! Gina respondió, volvamos a caminar por donde vinimos.
_ ¡La encontré! ¡la encontré!- una voz de alegría se escuchó detrás de las ramas y árboles.
_ Gina y Silvia empujaron el librero móvil.
_ Qué bueno regresar luego de esta ausencia – comentaba Gina.
_ Si las lluvias y el mal tiempo no ayudan mucho. Hoy hace un sol maravilloso y además es el día del libro qué mejor homenaje.
_ Bueno es hora de armarlo todo- Manos a la obra se miraron sonrientes.
_¡Y la llave del candado! ¡¿y la clave?! ¿Y ahora cómo lo abrimos?

***

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Todo esto parece sacado de algún tipo de cuento de terror o suspenso, quizá una cruel broma, pero como en todo cuento, la trama se tensa, las protagonistas sufren y finalmente llega un hada madrina o héroe que lo soluciona todo, en esta historia así fue.
Un ejército de nuevos voluntarios se sumó al banquete picniquero. Margarita, Diane, Verónica, Cristina, Diana y Cristian, este último se las ingenio y fue quien trajo una herramienta mágica con la cual los libros impacientes pudieron salir a tomar sol.

Con alegría y entusiasmo colocamos los manteles y parasoles sobre la grama crecida. Nuestro amigo sol estuvo presente, radiante e imponente, hace días había dejado de mostrar su rostro a los quiteños y nos acompañó durante toda la jornada.

Llegaron visitantes nuevos y familias que ya son parte del Picnic y rápidamente se engancharon con algún libro y se acomodaron plácidamente.

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Leímos Ramón Preocupón, Socorro, Willy el Soñador, Tito Puente (rey del mambo), y también, Cuidado con los Cuentos de Lobos.

Nuestro seguidor más asiduo estuvo ahí, Cristopher y su abuelita, también llegó Vale y sus padres Ceci y Cris, muy queridos por el Picnic ya que nos visitan desde hace mucho tiempo, y Nicole y Camila que leyeron sin parar.

Poco a poco las familias se fueron despidiendo, los nuevos voluntarios también. Habíamos recordado la clave del candado del librero móvil y ya los libros necesitaban un descanso. Al final de la jornada la alegre voz de Grace, la hermana de Gina, cantaba con su amigo que tocaba el ukelele, recogimos todo con su ayuda, cerramos la puerta del auditorio con llave, y todo mágicamente volvió a su lugar.

Picnic en Mashpi: lecturas y libros en un bosque tropical

 

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Lugar: Mashpi
Fecha: 22 de abril de 2017
Mediación: Anapau, Paola y Emilia
Fotos: Paola
Reseña: Emilia y Paola

Atrás quedó el tráfico y las grandes avenidas con pasos a desnivel que anunciaban la salida norte de la ciudad de Quito. Poco a poco los paisajes fueron cambiando desde canteras desérticas, pasando por monumentos piramidales, edificios salidos de contexto y museos de sitio, hasta rodearnos del color verde de las montañas que se abrían paso entre quebradas y cascadas. Luego vino algo de neblina y lluvia que pidieron una parada de café y empanada de verde para apaciguar el hambre.

Volvimos a revisar las instrucciones para llegar, teníamos por delante varias curvas y la humedad que ya se iba metiendo en la piel. Después de pasar por la comunidad de Pachijal el camino se dividió en dos, y entre sombras de cedros, alisos, helechos y bromelias llegamos al letrero de bienvenida a “Pambiliño”. Al bajarnos, lo primero que vimos al pisar la tierra mojada fue el cielo completamente despejado, el cuello no nos daba para seguir doblándolo hacia atrás en busca de más brillo y más oscuridad, de más estrellas y constelaciones, la noche era inmensa y Mashpi ya nos anticipaba que serían días bellos y transformadores.

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Emi, quien creó la iniciativa “Juguemos en el bosque”, nos recibió a la luz de velas y el movimiento de las hamacas, nos dijo que nos instalemos y que la cena estaba lista. Anapau nos mostró el camino hasta la maloca donde armamos las carpas. La casa estaba llena, artistas (titiriteros y teatreras) que también colaboraron en el vacacional, voluntarios de distintas partes del mundo y familias de fincas cercanas que apuestan a la sensibilización ambiental nos sentamos a la mesa a compartir alimentos sanos realizados con paciencia y dedicación (una mención especial a la compota de plátano con chocolate y nibs de cacao).

El día siguiente amaneció entre trinos de pájaros y un buen desayuno; y comenzaron a llegar los niño/as de la comunidad de Mashpi. En la zona habitan algunas familias colonas que llegaron a trabajar en grandes fincas de monocultivos de distintos productos agrícolas, principalmente, palmito y palma. Alrededor de 20 personas cantamos y movimos el cuerpo con unas rondas infantiles “rápido, rápido, rápido” y “leeeento, leeeento, leeeento” y bajamos a las orillas del río para disfrutar del “Picnic de Palabras”.

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Mientras escuchábamos el sonido del agua fluyendo y llenábamos los pulmones de aire limpio, rodeados de la naturaleza de esta área protegida del cantón Quito, leímos sin parar. En parejas, en pequeños grupos o solos compartimos lecturas en voz alta sobre malvados conejitos, hombres de color, monos campeones y decenas de historias que nos estimularon la imaginación –creación de imágenes mentales-, proceso esencial para entender el mundo y actuar en él. Después, interactuando colectivamente leímos “Colores” de Hervé Tullet, primero con la mano mágica, después con pinceles y témperas, mezclamos y creamos el púrpura, naranja y verde. Sentados en círculo cerramos la jornada comiendo galletas y maní de dulce, y cantando mientras veíamos las ilustraciones del libro “Duerme negrito” (Paola Valdivia), acompañados por percusión y guitarra. Por último, todos los que deseábamos, chapuzón en el cristalino río Mashpi, nados hasta rocas, clavados, escalada y saltos desde sogas colgando de árboles, juegos con piedritas, pinturas corporales con “lápices de roca”, y esa deliciosa sensación corporal de frescura y tranquilidad.

Sumamos a las vivencias algunas perdidas por el bosque subtropical y caminatas explicativas sobre agricultura ecológica y restauración de ecosistemas degradados, y evidenciamos que la propuesta sobre desarrollo sustentable y conservación, que irradian las familias de las reservas de la zona, trasciende el discurso, se experimenta en el cotidiano como una forma de vida. Alegres y pensativos partimos a la ciudad tras la oportunidad de convivir en este espacio y recuperar ese vínculo con nuestro hábitat, sonriendo ratificamos que “en cada caminata con la naturaleza, uno recibe mucho más de lo que busca” John Muir.

Pasa el tiempo, y seguimos leyendo, cuando el clima nos lo permite y las condiciones son óptimas. Esta vez desde Ecuador, un picnic que es inolvidable.

Reseña de Catalina Unigarro sobre la visita de María de los Ángeles Boada

Lugar: Parque La Carolina.
Fecha: 27 de noviembre de 2016
Mediación: Cata, Juan y Emilia
Fotografías: Emilia

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Conocí a María de los Ángeles Boada, escritora de literatura infantil, por una amiga en común, en una reunioncita en la que conversamos con entusiasmo sobre las posibilidades de emprender proyectos en torno a la lectura. María es escritora ecuatoriana y la verdad, hasta entonces no había tenido oportunidad de conocer su obra. Le propuse que nos acompañe en un encuentro de Picnic para escuchar en su voz sus historias y aceptó de inmediato. Sin embargo, y por varias razones, ese momento tardó casi un año en concretarse. Nos perdímos la pista.

Volvimos a encontrarnos y a organizar su visita. María estuvo siempre muy entusiasmada de conocer este espacio y me pidió que le explicara en qué consistiría su participación. ¿Qué queremos de estos invitados especiales? Pensé. Y recordé todo el sentido. Esos ejercicios tan necesarios para no automatizar las cosas. Le comenté que se trataba de una iniciativa bastante libre en la que no teníamos guión aparente. Que se trataba ante todo de compartir. Que cuando sugerimos libros, como en la música, compartimos nuestros favoritos, lo que nos alegra el corazón. Así que la invité a llevar los libros que más le guste y disfrute leer.

Después de acoger a nuestros visitantes durante la primera hora de Picnic, María empezó las lecturas en voz alta. Nos compartió “¿Dónde viven los monstruos?” de Maurice Sendak, “El elefante flaco y la jirafa gorda” de Amalia Low; “No seas goloso señor oso” y “¿Qué idioma hablan los animales?” de su autoría. Sus dos hijos la acompañaron, y la asistieron con dos títeres muy simpáticos. Gracias a la calidez de la lectura, fueron historias que atraparon a los grandes y más pequeñitos, quienes respondieron con su atenta escucha. María nos invitó al juego de cada historia, desatando preguntas y risas cómplices. Sentir esas respuestas fue muy inspirador. En esta ocasión, y gracias a la generosidad de María quien nos regaló su voz y sus bellas historias, se generó la cercanía, no siempre posible, entre escritores/narradores con el público, despertando la curiosidad e interés por la obra, el oficio y la profesión.

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En cuanto las lecturas terminaron, algunos niños y padres se acercaron a María a preguntarle sobre sus libros, sus historias y dónde encontrarlas. Es una suerte asistir a estos momentos privilegiados, en el que se sienten vínculos afectivos y puentes invisibles entre la literatura y las personas, esos momentos que vienen sucediendo en la sencillez de los manteles del Picnic, hace ya dos años, gracias a un equipo de voluntarios y a una comunidad amorosa que va creciendo, en un lindo parque de Quito.

Leer y crear

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Lugar: Parque La Carolina, Quito, Ecuador
Fecha: 12 de febrero de 2017
Mediación: Paola y Grace
Fotos y reseña: Paola López

Llegó el domingo y maravillosamente logré instalar sola el Picnic de Palabras en el parque La Carolina. Debido a distintos motivos la otra colaboradora que se había apuntado para hacerlo en conjunto, nunca llegó.

A pesar del temor que generaba montarlo sin manos, ni existencias que apoyen y unan esfuerzos, lo hice, principalmente, por respeto y reciprocidad con los invitados que habían confirmado su asistencia.

La mañana estaba fría y había un cielo nublado que anunciaba llovizna. Sin embargo, gracias a la insistencia de Cristopher y su valiosa ayuda, ubicamos unos pocos libros en los manteles e invitamos a las familias que circulaban por los alrededores.

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Varias adolescentes y un par de niñas, hijas de otros comerciantes del parque, se unieron entusiasmadas por primera vez a la dinámica. Llegaron algunas familias nuevas que aceptaron la invitación a realizar Kirigami (arte de papel cortado) con los invitados de 3DPAPEL, entre esas, una familia de la India que hablaba principalmente inglés, pero que gracias a la traducción de mi hermana y su deseo, lograron seguir los pasos de la actividad.

Las chicas me preguntaron sobre qué se trataba el proyecto; si los libros eran sólo para “niño/as”, y si ellas podían leerlos. Les explique que a pesar de que el género se denomina Literatura Infantil porque está pensado para el disfrute y comprensión de lectores infantiles; nosotras consideramos que la literatura es universal y que los libros álbum se caracterizan porque la narración textual y visual ofrece guiños para lectores de distintas edades. Reflexionando sobre el tema, pensamos que este tipo de libros son inclusivos, favorecen distintos niveles lectura y que haya más de una interpretación.

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Adultos, niño/as y adolescentes se integraron con entusiasmo a realizar los animales de papel en 3D. Mientras dibujaban los conceptos salidos de su imaginación, algunos solicitaban borradores, respecto a lo cual Fabricio (coordinador actividad) respondió que ellos no los tienen porque respetan el “error” y, en sí, todo lo que sucede en el proceso de construcción y creación. Luego me comentó sobre la importancia de generar seguridad en los niño/as, aspecto que la educación formal, muchas veces, lima. Minutos después entre los manteles circulaban cerditos con cabello, conejitos dientones, elefantes flacos, perros con nombres y hasta lombrices.

Después de la actividad, los protagonistas de este encuentro fueron los libros en inglés, pues la presencia de la familia de la India y las comunicaciones con ellos, motivó a que las adolescentes busquen y lean en conjunto con mi hermana libros como Pomelo, entre otros y, también, libros de poesía.

Aproximadamente a las 13:00pm, con la ayuda de Fabricio y su familia, levantamos los parasoles, manteles y libros; recibimos muchos agradecimientos y sonrisas de los asistentes con curiosidad sobre los próximos encuentros y la promesa de que volverían.

Picnic de Palabras en Cuenca

Seguimos compartiendo historias maravillosas de nuestros Picnics desde diferentes rincones del mundo. Hoy presentamos el que realizaron en Cuenca en una feria navideña.

Desde Cuenca, llega este tercer encuentro gracias a María José Urgilés
Lugar: Feria Navideña de Cuenca, La Quinta y Hotel Victoria
Fecha: 10 y 11 de diciembre de 2016
Mediación: Juan Pablo Dávila y María José
Fotos: María José Urgilés.
Reseña: María José Urgilés.

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Nuestra tercera presentación de Picnic de Palabras la hicimos en dos mercadillos navideños, nos fue muy bien, lo que más nos entusiasmó es que a pesar de existir un juego inflable y distracciones como música, comida, helados y más; finalmente contra todo pronóstico, los niños y niñas acudían por un libro.

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Una anécdota para recordar es un niño que se acercó con total amabilidad a hacer un trueque, textualmente me dijo: “Te cambio este copo (refiriéndose a una piña de pino que llevaba en la mano) por éste libro (señalando el libro que deseaba con su dedo). Le explique que por el momento no hacemos trueques, pero que podría leer el libro y devolverlo después de disfrutarlo.

Y como se ha hecho algo de costumbre, los adultos no faltaron en nuestra edición, haciéndonos preguntas de lo que se trata el proyecto y claro leyendo los libros muy entusiasmados.

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Esta vez en Picnic de Palabras “La Quinta” estuvieron 11 niños y niñas entre los dos y once años.

En Picnic de Palabras “Hotel Victoria”, en total nos visitaron 11 niños y niñas en edades comprendidas entres el año y los 10 años.

En esta edición nos han pedido más libros de monstruos y de aviones. También tuvieron muchísima acogida los libros en otros idiomas, razón por la que poco a poco iremos incrementando libros principalmente en inglés.

Ahora hemos realizado Picnic de Palabras en espacios algo alternativos y nos fue muy bien. No descartamos la posibilidad de ampliar nuestro horizonte e ir probando las propuestas que la comunidad cuencana exponga.

Un Picnic de Palabras que acelera al corazón

Después de un año lleno de mucho movimiento, este Picnic resulta una inspiración. Sumamos esfuerzos en dos semanas para recolectar libros, más de 100, enviados a Ecuador para apoyar una de las zonas más afectadas por el terremoto, con uno de nuestros grandes amigos Dipacho. Saber que ese sueño que empezó en abril sigue andando, con su propio motor de tiempo y amor es todo un ejemplo de re-construcción, esperanza y resiliencia.

Esta es la última experiencia en Don Juan- Manabí. El equipo que viajó fue de primera y aquí Juan Yanqui nos cuenta sus apreciaciones

Lugar: Don Juan- Jama
Fecha: 1 y 2 de octubre
Mediación: Juan y Gio Valdivieso Latorre
Actividad: Alegría
Fotografía: Juan
Reseña: Juan

Comenzamos la jornada reorganizando maletas y contando libros, sabía que el viernes iba a ser una jornada llena de cambios y que una palabra sería esencial para llegar a nuestro destino: flexibilidad.

Esta vez, el viaje lo hacíamos en bus y eso nos condicionó a viajar ligeros. Gio y yo habíamos seleccionado libros que resistan el viaje, de pasta dura preferiblemente, y nos repartimos unos 60 de estos para llevarlos en nuestras maletas. Alegría llevaría los materiales para su actividad con las/os niñas/os de Don Juan. Esta vez teníamos que ser eficientes con nuestro cargamento de historias, y tambíen alcanzar el bus de las 9:30 am si queríamos llegar con algo de luz al camino montaña-arriba de la casa de Rut, Esteban y Domingo.

Apenas llegamos a Don Juan fuimos rumbo a la casa de Noemí, amiga de Don Juan que conocimos en el pasado encuentro, quien nos esperaba con un cargado plato de arroz y mariscos, una taza caliente de café y las novedades de los dos últimos meses en esta villa pesquera: las cosas se estabilizaban.

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Nuestro largo día culminaba con una barriga llena, un corazón contento, y un inclinado camino hacia la casa de nuestros anfitriones. Cuando llegamos a la agradable casa de caña, nos encontramos a Rut y Esteban acabando su día, es reconfortante verlos y sentir su convicción de vida. Así también fue bueno encontrarse con Maritza, quien dos meses atrás nos invitó al almuerzo, en el bus y saber que su hostal está a pocos días de reabrir sus puertas, es bueno que los patos guardianes de Noemí estén más tranquilos con nuestra visita, es bueno volver donde los amigos.

Comenzamos el sábado designando las tareas para el día. Nuestro plan era comenzar el Picnic antes de las 11:00am para evitar el sol de mediodía, después movernos con las/os niñas/os al nuevo espacio de biblioteca que pronto será el centro comunitario, y por la tarde tomar los talleres de “A Mano Manaba”, que están liderados por unas 15 mujeres del lugar. Con la ayuda de 3 pasantes de pedagogía de la ESPE, limpiamos el pedazo de playa donde compartiríamos colores, texturas, y letras; plantamos los parasoles y ubicamos los libros sobre las alfombras plásticas.

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Alegría mientras tanto se congrega con las/os niñas/os que van llegando a la plaza central, y Gio, junto con Rut y Domingo, el burrito más querido por la gente del lugar, salen a Bellavista en busca de más lectores que quieran acompañarnos. Con una fresca mañana y unos 20 niños y niñas se abre el Picnic. Reconozco caras y, extrañamente, nombres y apodos: Luis, Paúl, La Churos, y otros cuantos se acercan a buscar libros que no han explorado todavía. Esta vez, nuestros visitantes están bastante tranquilos y les interesa terminar las historias que comienzan, incluso me invitan a leer con ellos fragmentos de libros que repasan.

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“Waterloo and Trafalgar”, de Olivier Tallec, llama la atención por sus colores naranja y azul neón de la portada, así como por la interactividad que ofrecen sus páginas; hay partes en las que puedes cambiar solo la mitad de una página que te muestra la acción directa de sus personajes vigilándose el uno al otro sigilosamente. “Paranoica”, de Jung Yumi, es como siempre uno de los favoritos por los lectores de más edad, a quienes parece interesarles la simpleza y la narrativa oscura de los gráficos en negro con detalles en amarillo y rojo.

El calor del día va subiendo, los libros y sus lectores van agotándose. Así, una tropa de niños, 3 citadinos en short, y unos cuantos perritos del lugar nos dirigimos a la nueva biblioteca de caña. Una vez allá, Gio nos da la bienvenida con unos juegos corporales que nos sacuden el calor, nos resetean la imaginación y nos ponen atentos a escuchar las instrucciones de Alegría, quién lideraría el taller basado en “Un Libro” de Hervé Tullet. Este libro lleva imágenes de puntos de pintura que suben, bajan, se desparraman, multiplican y desaparecen de acuerdo a las instrucciones que acompañan cada ilustración. Alegría, distribuye papel y pinturas líquidas en los compartimentos de las hueveras que hemos cortado con anticipación, y organiza a las/os niñas/os en parejas y grupos de hasta 3. Una vez todos sentados, Alegría lee las páginas del libro y comanda la pintada con colores y formas.

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Al cabo de un rato, los papeles que comenzaron con trazos tímidos y poca pintura, son ya un caos de color y manos manchadas de arcoiris que corren por la biblioteca para mostrarnos sus creaciones. La pintura se acaba, los niños comienzan a salir para jugar con el árbol del frente de la estructura de caña, y son las 3 de la tarde; sabemos que el Picnic ha llegado a su fín por este día. Con una foto grupal nos despedimos y organizamos nuestro equipaje.

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La tarde es para los talleres con las mujeres de A Mano Manaba. La tarde es para almorzar con Abigail, una adolescente de 15 años, quien comparte con nosotros picudo frito, una suculenta menestra de lenteja, arroz, y la historia de cómo su perrito de 2 años va recuperándose de una herida gracias a los cuidados que ella le imparte después del colegio. La tarde es para visitar, nuevamente, a Noemí quien con honesta pena nos cuenta que fue difícil encontrar el auténtico queso manaba para enseñarnos a hacer el pan de almidón. Y así tambíen, la tarde es para caminar por la playa de Don Juan, atravesar botecitos pesqueros, vecinos en caballos, pasar por las playas de Bellavista y llegar al final de la playa marcado por un peñasco rocoso, un faro blanco con lineas rojas, y conchitas de mar de colores para la hija de Gio.

El día termina al sabor de los bollos de la madre de Miriam, quien nos ha invitado a su casa a cenar. Con la caminata de regreso donde Rut y Esteban, sabemos que hemos aprendido bastante, tenemos nuevas preguntas y cargamos ideas para la siguiente visita. También llevamos saludos para Emilia y Antonio; es reconfortante saber que de lado y lado nos extrañamos y aprendemos de las historias que compartimos.

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Que bueno fue estar de vuelta. Que bueno es regresar a Don Juan recordando nombres y rostros. Que bueno es estar en Don Juan para retar ideas sobre planes de desarrollo inculcadas desde arriba, desde otros que vigilan sin involucrarse, y así reafirmar el pensamiento de que la mejor forma de vivir bien, y justo, es comprometernos como vecinos, darnos una mano como amigos y conocernos en los momentos más críticos para llegar a la médula de los problemas. Que bueno fue regresar para compartir historias, aprender de la simpleza de pensamiento de los niños de acá, y recoger conchitas de colores. Que bueno es regresar a la ciudad extrañando el sabor a Don Juan…

 

Moverse para conocer nuevos lectores en Quito, Ecuador

Lugar: Parque El Ejido
Fecha: 22 de octubre de 2016
Mediación: Sofi, Majo, Karina y Emilia
Fotos: Sofi y Emilia
Reseña: Emilia

Esta vez nos dimos cita en un nuevo parque porque quisimos aprovechar un evento coyuntural que ocurría muy cerca: Hábitat III, este encuentro trajo a muchas personas de distintas partes del mundo para conversar sobre el futuro de las ciudades. Así que con algunos libros seleccionados, nuestras clásicas sombrillas y los manteles nos dirigimos a “El Ejido” que se encuentra en un punto estratégico de Quito, justo cuando se acaba el centro histórico y ya comienza la parte más “moderna”.

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Junto a Sofi y sus amigas, todas movilizadas en bicis, empezamos a organizar el espacio. Elegimos un lugar visible y fácil de reconocer para quienes se habían enterado del evento a través de facebook pero luego empezamos a dudar si era el más adecuado, ya que no veíamos a muchas familias por el sector. Sin embargo, como por arte de magia, algunos niños se vieron atraídos por los colores que saltaban en el lugar. Los primeros en llegar, un niño de unos 8 años y su madre, se acercaron a mirar el menú ofrecido en los manteles y él después de ojearlos rápidamente, escogió “Sofi tu mirada” escrito por Liset Lantigua con ilustraciones de Sozapato, publicado por Zonacuario. Pensé que esta elección, un libro de una editorial nacional, fue una respuesta a la familiaridad que le trajo el título y la portada, luego empecé a reflexionar sobre la importancia de tener ese tipo de obras (fácilmente reconocidas a primera vista y con los criterios que cumplen todos los libros de Picnic) y me vino a la mente todas las consecuencias poderosas que esta acción puede generar en el imaginario lector de nuestros visitantes.

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Luego de estas conversaciones internas que tuve, llegó Valentina, una niña de 6 años que junto a su madre se sentaron en el mantel donde yo estaba. Al estar tan cerca fue inevitable no escucharlas, “voy a buscar otro ma” decía ella apenas veía que estaba por terminarse el libro. Volvió a llamar mi atención que lo que buscaba era algo similar a lo que ya había leído, buscaba otras portadas con Willy, el famosísimo mono de Anthony Browne. Cuando volvió a levantarse, le mostré “Ramón preocupón” del mismo autor, abrió los ojos y vi que su mirada se sorprendía con este encuentro. De nuevo me senté a pensar en cómo se pueden tejer esos puentes a través de lo conocido hacia lo desconocido o mejor, quizás hacia lo un poquito menos conocido, y así poco a poco hacer recorridos lectores que permitan acercarnos a nuestros gustos.
Cuando me despegué de mis pensamientos y de chismosear en las lecturas de Valentina y su madre, me di cuenta que todos los manteles estaban llenos. Cada una de las voluntarias estaba leyendo con un niño o una niña diferente, no había muchos adultos, los niños llegaron solos y eso generó algo de duda. Luego, mientras conversaba con Sofi, me contó que eran hijos de los señores que vendían en algunas carpas instaladas en el parque. Algunos no habían tenido mucho contacto con la lectura pero estaban encantados con los libros.

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Majo, otra voluntaria, estuvo conversando con un niño sobre la importancia de aprender quichua, él le contó que sus padres hablaban pero que a él le daba vergüenza, así que Majo le animó a que aprenda y le confesó que a ella le encantaría saber y en seguida todas nos sumamos a esta confesión. Después de pensarlo, el pequeño pareció sentirse un poco más convencido. Es triste mirar cómo intentamos tapar, por vergüenza (propia o ajena), nuestras raíces, todos lo hacemos casi sin darnos cuenta, así que este encuentro fue otra sacudida en el Picnic.

Ya casi al final de la segunda hora, llegaron algunas amigas extranjeras de Sofi que vinieron para Hábitat III. Ellas, aunque hablaban poco español, se sentaron a escuchar con mucha atención las lecturas de Sebastián y además cuando terminó le obsequiaron una monedita de Canadá que habían traído para los niños. Otro encuentro bonito que hubo al final de Picnic, fue el de Sheila con su papá. Ella, de 6 años había pasado todas las dos horas yendo y viendo de libro en libro y de voluntaria en voluntaria, hasta que su padre, un poco asombrado se acercó para ver qué es lo que estaba haciendo. Le invité a sentarse y Sheila se animó a mostrarle que sí puede leer. Tomó “Dos pajaritos” un libro de imágenes de Dipacho y se puso a contarle toda la historia de principio a fin, él me miraba como buscando una respuesta a lo que estaba haciendo su hija, yo le dije que eso también es leer, que nos han hecho pensar que solo se lee letras pero que la lectura de imágenes es igual o a veces más importante.

Y acabo con esta pequeña frase de Teresa Durán para recordar la necesidad de tomar consciencia sobre lo que implica leer “antes de saber leer se ha de saber sentir… Amamos a quien nos habla y, también y sobre todo, a quien nos escucha. Igualmente, sin duda alguna, amamos la imagen de quien nos habla y nos escucha. Porque la imagen es también comunicación, una comunicación muy especial que se transforma en conocimiento”.

Cuando la tierra se mueve hay que volver a soñar juntos

Historias para reconstruir después de que la tierra tiembla sin previo aviso. Por: Emilia Andrade

Lugar: Don Juan
Fecha: 14 de mayo de 2016
Reseña: Emilia

El camino de llegada nos fue anunciando lo que circulaba por todos los medios: el terremoto había sido fuerte y mientras más poblado era el lugar, más daños se hacían presentes. Sin embargo, lo que no nos había dicho nadie era que la fuerza para sobreponerse a la adversidad fue casi tan poderosa como el mismo movimiento que originó los destrozos. En la carretera, entre plásticos y escombros, veíamos cocinas comunitarias improvisadas, cocinas que ofrecían las delicias manabas de las que todos los ecuatorianos nos sentimos orgullosos. A un mes del terremoto la gente de Pedernales ya estaba levantándose y organizando sus propias iniciativas para, poco a poco, ir retornando a la normalidad.

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Seguimos andando y en un par de horas más llegamos a Don Juan donde estaba el campamento de voluntarios de Embudo liderado por Juan Carlos, un hombre que fue a entregar ayuda y terminó quedándose porque encontró un nuevo sentido a su vida. Él nos recibió con un abrazo y dijo “el que estén aquí ya dice mucho, gracias por venir”. Con este mensaje resonando en mi cabeza, bajamos al pueblo. El primer encuentro que tuvimos con Don Juan fue al atardecer. La plaza central, con dos palos de caña guadua improvisados como arcos de fútbol, nos susurraba que la lluvia había caído fuerte durante la noche, pero también nos decía que ahora eso no importaba, que lo que verdaderamente estaba en juego era un partido de fútbol entre los más pequeños. Los refuerzos nacionales (Juan) e internacionales (Dipacho y Gio) habían llegado para equilibrar los ánimos. Entre sudor y sonrisas les contamos a los niños que al día siguiente haríamos una actividad para compartir libros y jugar con ellos.

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Y así fue, a pesar de que el sol de la mañana se asomó con timidez, los niños estaban listos para empezar y buscar los libros que con tanto cariño habían viajado desde Bogotá. Les preguntamos si preferían hacer la actividad en la playa y no dudaron ni un segundo en la propuesta, todos ayudaron a trasladar las carpas, los libros y los manteles. A pocos metros del mar nos dimos las manos, manos tostadas por el sol y labradas por la sal, manos pequeñas que agarraban fuerte para no soltarse, manos que se unieron en círculo para hacer una dinámica que “rompiera el hielo”. Lo que no supimos fue que no había nada que romper y menos aún que hubiera algún hielo que aguantara esas temperaturas. Los niños estaban ávidos por abrir las maletas y empezar a ojear libros. Hicimos pequeños grupos para leer, les contamos algunos acuerdos para la actividad y en menos tiempo del que nos tomó instalar todo ya se dibujaron sonrisas lectoras. Fue bonito mirar que las niñas más grandes y dos madres se acercaron para tomar el liderazgo con los pequeños, leían en voz alta, invitaban a hacer búsquedas y juegos en los libros. Conversamos con ellas sobre la posibilidad de que el Picnic pueda quedarse a largo plazo si estaban dispuestas a dar continuidad a esta iniciativa, se entusiasmaron y a mí me resonó esta idea… veremos qué surge con el tiempo.

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Después de una hora de lectura, Vane les propuso algunos juegos para correr y saltar en la arena, varios niños se unieron y otros quisieron seguir leyendo. Yo me quedé con Alan, uno de los niños más consentidos, leímos “¡¡¡Socorro!!!” de la editorial Corimbo y sin darme cuenta tenía un coro de niños repitiendo conmigo “socorro hay un monstruo verde/rayado/con espinas que me quiere comer”. El libro se fue abriendo más y más hasta acogernos a todos como una gran casa. Cuando levanté la mirada vi a Juan con un grupo de unos 5 niños, escuchándolo muy atentos y pidiendo nuevos libros. En otra esquina estaba Dipacho tomando fotos, atento a capturar los detalles del encuentro. Más tarde cuando decidimos cerrar el Picnic, llegó Ale y Rafa acompañados de Domingo, el “biblioburro” como lo bautizaron ellos seguramente influenciados por la historia del librero colombiano. Con una caja llena de rompecabezas, legos, pinturas y una guitarra al hombro esta pareja de Calceta nos sorprendió a todos con la versatilidad de tareas que propusieron.
Antes de acabar, uno de los niños más grandes me dijo si podíamos hacer origami, recordé que había traído papel y le pregunté a Gio si sabía alguna figura, luego de un par de intentos, ya estaban varios niños sentados a su alrededor. Entre conejos y barcos de papel cerramos nuestro primer día con más aprendizajes de los que pensábamos recibir.

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Al día siguiente visitamos Jama, un cantón a unos minutos de Don Juan. Las calles de barro y lluvia, los nuevos albergues y las pocas edificaciones que quedaban en pie dificultaron la tarea para recordar el lugar del campamento que los amigos de Embudo habían montado hace un mes. Finalmente lo logramos, al llegar nos recibieron Asu, Bachi y sus familiares, ellas están liderando “El Ébano” donde, en ese momento, estaban alrededor de unas 15 familias en casas temporales. “Todo cambia muy rápido y las necesidades son diferentes cada día” nos dijo Asu. Y sí, pudimos comprobarlo cuando fuimos a invitar a las personas de los barrios, Vane me fue contando cómo ha visto que se han fortalecido o debilitado los vecinos con el paso de los días. Cuando volvimos al campamento ya estaban unos 10 niños y jóvenes esperándonos, se habían acomodado con colchones en los espacios de sombra y todos tenían libros entre sus manos. Similar a lo que sucedió en Don Juan, los jóvenes empezaron a leer a los más pequeños pero poco a poco se fueron disipando y querían hacer “otra cosa”. Les propuse dar más tiempo a los que aún querían leer, la dinámica de no tener a padres o familiares involucrados cambia el sentido de Picnic pero debíamos ajustarnos a las necesidades.

Algunos se volvieron a enganchar con la lectura, les fui mostrando libros sobre temáticas cercanas a ellos, el mar o el fútbol fueron las más buscadas. Después de una hora y media fuimos guardando los libros con Juan y les propusimos que hagan pequeños grupos para algunas actividades manuales que teníamos. Rompecabezas, colores, hojas y tarjetas de memoria fueron saliendo de una de las donaciones que recibimos. Como suele suceder, unos querían lo que los otros tenían pero deje que ellos mismos se organizaran para no generar dependencia en mis decisiones, pudieron resolverlo bien y se fueron turnando de actividades. Una de las que más interés despertó fue el juego de memoria, grandes y chicos la disfrutaron muchísimo y encontraron distintas maneras para jugar. Me apenó no tener más tarjetas pero prometí volver con nuevas o quizás traer material para que ellos mismos puedan hacerlas. A la hora de guardar las cosas todos nos preguntaron cuándo volveríamos, en ese momento no pudimos decirles con certeza pero ahora estamos seguros que a finales de este mes regresaremos llenos de libros y alegrías por compartir.

Volver y traer la esperanza en las historias

Voces de todas partes, con diferentes acentos y palabras. Hoy compartimos un Picnic que quería salir, sobre todo después de una tragedia que dejo al país en luto: el terremoto de Ecuador. Por: Emilia Andrade

Lugar: Parque La Carolina.
Fecha: 26 de abril de 2016
Mediación: Cata, Vale, Paola, Gina, Emilia
Fotografías: Cata
Reseña: Emilia

Con muchas ansias esperamos que llegara el día sábado, y es que habíamos cancelado 2 Picnic de Palabras consecutivos por situaciones adversas: días lluviosos y el devastador terremoto de la costa ecuatoriana que obligó a suspender los eventos públicos. Al contar los días nos fijamos que ya llevábamos un mes sin salir a leer, así que todas estábamos listas para extender los manteles.

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Llegamos al parque con mucha energía, con ganas de ratificar el poder sanador de la lectura y buscando reencontrarnos con la comunidad que se ha formado en torno al Picnic. Y así fue, estuvimos alrededor de 30 personas, con familias como la de Valeria que nos siguen desde el inicio hasta nuevos amigos como Pablo que nos visitó por primera vez e incluso se animó a leer en voz alta. Sin embargo, los grandes faltantes fueron los pequeños (Mateo y Christopher) quienes no salieron al parque esta vez. Los extrañamos pero pudimos contarle a su abuela que volveríamos pronto con un invitado que seguro les gustaría.
Mientras organizábamos los libros, pude conversar con la familia de Vale, su padre me dijo que a las 11 tenían que irse porque la pequeña tenía clases de música. Ella, apenas escuchó esto, aclaró “pero no importa, puedo llegar tarde o no ir”. Ante esto Cristian me confesó que el amor que ahora tiene su hija por los libros es enorme y se lo debe a Picnic, nos contó que en el colegio ella habla sobre algunos cuentos que ha leído en nuestros manteles y además ha visto que ha mejorado su vocabulario. Por atrás su mamá también dio testimonio de los cambios “aquí aprendió a leer” dijo. Luego me preguntaron sobre la liberación de libros, una actividad auspiciada por el Fondo de Cultura Económica que buscaba generar encuentros con libros dejados al azar. Alrededor de las 11 llegó la gestora cultural del FCE quien fue dejando obsequios que luego encontraron miradas lectoras. Vale fue la primera en tener su libro y sonreír con él.

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Más tarde tuvimos otra visita sorpresa: Pablo Florez, bibliotecario de la Universidad Central, llegó con un libro bellísimo que no conocíamos: “El viaje de Max” de Gauthier David y Marie Caudry, libro que horas antes lo había leído en el bus de camino al parque. Pablo se animó a leernos y todos quedamos atrapados entre la historia y las bellas ilustraciones.
Casi al final pude compartir algunas lecturas visuales con dos nuevos visitantes: Rafa y su hermano. Su abuela los había traído al parque para que jugaran y terminaron enganchados con los libros. Rafaela me leyó en voz alta “No” de Claudia Rueda y lo hizo con todas las entonaciones y pausas que el libro pedía. Su hermano menor, lleno de energía, iba y venía de los manteles cambiando de libros, entonces le propuse leer “Hide and Seek” de Taro Gomi. Quedó encantado con la búsqueda de objetos así que seguí mostrándole otros libros de ese tipo, luego se quedaron los dos hermanos compartiendo y siendo cómplices de sus lecturas.

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Si bien fue un encuentro emotivo también lo sentí algo silencioso, como si intentara guardar el luto que se respira en la ciudad con todos los movimientos que se han dado. Desde Picnic esperamos que esos movimientos solo traigan nuevas oportunidades para seguir creyendo y soñando.