Personajes, lectores e historias en Picnic de Palabras

Por: Josue Veloz

Esta es mi tercera vez en el Picnic de Palabras: una como participante y esta es la segunda como voluntario. No conozco a las otras voluntarias. El único contacto ha sido correos donde cuadramos la hora y lugar de encuentro y las funciones que cada uno cumpliría.

En cuanto llegan me comparten su buena onda y entusiasmo, también me cuentan que son hermanas: Paola y Gina. En seguida me doy cuenta que llevan un buen tiempo compartiendo en el Picnic, pues hacen que podamos retirar el “librero rodante” con gran rapidez por su amistad con los encargados del Jardín Botánico de Quito donde se lo guarda.

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Sin más, sacamos el librero al lugar habitual donde, cada quince días, se lo instala. De nuevo abrirla nos retrasa, pero también nos obliga a ingeniárnosla para lograr nuestro fin, y enseguida se acerca una señora, de los puestos de comida de enfrente, a prestarnos su ayuda: “Siempre les tiene que pasar algo los domingos”. Ese “siempre” me hace pensar en el posicionamiento que ya tiene el Picnic de Palabras en el lugar, pero ese “les tiene”, y no “nos tiene”, me hace plantear un posible reto para el proyecto (aunque me gusta pensarlo más como colectivo): empoderamiento y sentido de pertenencia de los habitantes habituales del parque. No solamente porque ese es su espacio, sino porque les permite desarrollar una actividad sumamente enriquecedora para sus niños, quienes son los principales beneficiados. Muy probablemente no tienen otro espacio para realizar esta actividad, pues mucho me temo, que sus padres al no tener hábito de lectura, tampoco lo transmiten a sus hijos. Y esto no es un problema de clase socioeconómica ¡cuidado y alertas!

Un Ecuador donde se lee medio libro al año nos deja una clara evidencia de que esto está pasando en todos los rincones del país, sin discriminación de edades, géneros o clases sociales. De ahí a que los niños que han tenido la suerte de nacer en familias con mejores situaciones económicas tengan ventajas, como tener más libros al alcance en la biblioteca familiar, es otro tema, pero el fondo está en esas estadísticas alarmantes. Ahí radica la interesantísima propuesta que el Picnic de Palabras viene planteando por casi tres años en espacios públicos y gratuitos, sin necesidad de ser un ente estatal más bien como una iniciativa ciudadana-voluntaria que traspasa fronteras. Por ello, en lo personal, me siento orgulloso y privilegiado de poder participar de esta iniciativa, a pesar de ser tan solo mi segunda percepción como voluntario.

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En cuanto logramos abrir el librero móvil, extendemos manteles y empezamos a clavar parasoles (mala idea en verano, ya se darán cuenta por qué). En seguida se acerca un niño de los puestos de comida de enfrente y nos ayuda a organizar el espacio. Por supuesto, Gina y Paola lo conocían, se sabían su nombre y eran panísimas. Estas dos chicas son espectaculares con los niños. Debe ser su buena vibra que permite esta relación tan auténtica y horizontal. Una vez que instalamos el lugar, Gina y yo, vamos a invitar a la gente. Paola se queda leyendo libros con los niños: ¡hermoso!

Noto que el parque, en general, está vacío en comparación hace un mes, que fue mi primera vez como voluntario. Sin embargo, la poca afluencia me permite identificar personajes peculiares que habitan este parque, y que parecen salidos de cuentos (quizás y este parque esté más relacionado con el Picnic de lo que pensamos o podemos ver). Una chica que alquila carritos para niños llama mi atención, es demasiado mal humorada. Parecería que odia a los niños: “… ese no es mi problema. ¡Lleve a su niña a llorar a otro lado!” le grita a un padre cuya hijita estaba rodeando los carritos pero que nunca los llegó a tocar” (¿y ni saben? Cuando les cuento a las chicas, Paola ya la conocía. ¿Estas chicas conocen a todo ser que habita el parque o que onda? Jajajaja. Pero me encanta ese vínculo que tienen, no sólo con el proyecto, sino, sobre todo, con la gente del parque).

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Cuando regreso de invitar a la gente, para ver cómo va la cosa, Gina me invita a leer. Noto que ya hay algunas familias disfrutando, un domingo soleado, de la manera más rica. Padres leyendo a sus niños, niños leyendo por su cuenta, hermanos compartiendo historias y, por qué no, hijos leyendo a sus padres. No están en una biblioteca ni en la escuela ni en su cama antes de dormir. ¡Sí, están en un parque! Y están felices. Sonríen, cambian su voz para leer, se echan sobre el pasto. Si la felicidad existe debería ser algo así… creo yo.

Gina cubre todo el espacio que hay a mi alrededor de libros. Me sugiere uno con mucho entusiasmo: Little Bird (Germano Zullo/ Albertine- Enchanted Lion Books). Me gusta un montón. Resulta que a ambas les encanta ese libro, debe ser porque se parece a ellas. Trata sobre un señor que lleva pájaros en la parte trasera de su camión. Éste, atascado por un barranco que hay en el trayecto, decide liberar a los pájaros, pero uno se queda, al parecer no sabe volar. En base de señas y situaciones jocosas el señor le incentiva (o le enseña) a volar al pajarito, lo cual llena de una sonrisa gigante su cara. Al rato, el pajarito regresa comandando la bandada que antes había liberado el señor y lo toman de sus hombros con sus garras para llevárselo volando con ellos. De pronto noto una sonrisa en mi rostro, me la imagino como la del libro. Leo unos cuantos libros más. “Josueee” grita una de las chicas, levanto la mirada y veo un parasol asesino rodando por el parque a causa del fuerte viento de verano, por suerte nadie se cruza ni sale herido. La anécdota nos causa risa a los tres. Resolvemos quitar los parasoles y sugerir que en verano no se los use.

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Una de las chicas me pregunta la hora. Son las 12h05. Es hora de levantar el kiosko. Empezamos a doblar los manteles pero el mismo niño del inicio le pide a una de las chicas que le lea el último libro. Ella me lo delega, ¡gracias dios! Nos sentamos, le leo dos libros. Si hubiera sido él, yo me hubiera levantado a medio libro (esto para no hacerme quedar mal, yo mismo, como lector) y me hubiera retirado indignado. Aquí me planteo un reto personal, mejorar mis relaciones con los niños y, por supuesto, mejorar mi lectura en voz alta. En fin, hace un buen tiempo que no escribo sobre las cosas buenas de la humanidad. Otra cosa que agradecerle al Picnic.

¡Merci beacoup!
¡Dios les pague!
¡Yupaychani!

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