Un Picnic de Palabras que acelera al corazón

Después de un año lleno de mucho movimiento, este Picnic resulta una inspiración. Sumamos esfuerzos en dos semanas para recolectar libros, más de 100, enviados a Ecuador para apoyar una de las zonas más afectadas por el terremoto, con uno de nuestros grandes amigos Dipacho. Saber que ese sueño que empezó en abril sigue andando, con su propio motor de tiempo y amor es todo un ejemplo de re-construcción, esperanza y resiliencia.

Esta es la última experiencia en Don Juan- Manabí. El equipo que viajó fue de primera y aquí Juan Yanqui nos cuenta sus apreciaciones

Lugar: Don Juan- Jama
Fecha: 1 y 2 de octubre
Mediación: Juan y Gio Valdivieso Latorre
Actividad: Alegría
Fotografía: Juan
Reseña: Juan

Comenzamos la jornada reorganizando maletas y contando libros, sabía que el viernes iba a ser una jornada llena de cambios y que una palabra sería esencial para llegar a nuestro destino: flexibilidad.

Esta vez, el viaje lo hacíamos en bus y eso nos condicionó a viajar ligeros. Gio y yo habíamos seleccionado libros que resistan el viaje, de pasta dura preferiblemente, y nos repartimos unos 60 de estos para llevarlos en nuestras maletas. Alegría llevaría los materiales para su actividad con las/os niñas/os de Don Juan. Esta vez teníamos que ser eficientes con nuestro cargamento de historias, y tambíen alcanzar el bus de las 9:30 am si queríamos llegar con algo de luz al camino montaña-arriba de la casa de Rut, Esteban y Domingo.

Apenas llegamos a Don Juan fuimos rumbo a la casa de Noemí, amiga de Don Juan que conocimos en el pasado encuentro, quien nos esperaba con un cargado plato de arroz y mariscos, una taza caliente de café y las novedades de los dos últimos meses en esta villa pesquera: las cosas se estabilizaban.

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Nuestro largo día culminaba con una barriga llena, un corazón contento, y un inclinado camino hacia la casa de nuestros anfitriones. Cuando llegamos a la agradable casa de caña, nos encontramos a Rut y Esteban acabando su día, es reconfortante verlos y sentir su convicción de vida. Así también fue bueno encontrarse con Maritza, quien dos meses atrás nos invitó al almuerzo, en el bus y saber que su hostal está a pocos días de reabrir sus puertas, es bueno que los patos guardianes de Noemí estén más tranquilos con nuestra visita, es bueno volver donde los amigos.

Comenzamos el sábado designando las tareas para el día. Nuestro plan era comenzar el Picnic antes de las 11:00am para evitar el sol de mediodía, después movernos con las/os niñas/os al nuevo espacio de biblioteca que pronto será el centro comunitario, y por la tarde tomar los talleres de “A Mano Manaba”, que están liderados por unas 15 mujeres del lugar. Con la ayuda de 3 pasantes de pedagogía de la ESPE, limpiamos el pedazo de playa donde compartiríamos colores, texturas, y letras; plantamos los parasoles y ubicamos los libros sobre las alfombras plásticas.

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Alegría mientras tanto se congrega con las/os niñas/os que van llegando a la plaza central, y Gio, junto con Rut y Domingo, el burrito más querido por la gente del lugar, salen a Bellavista en busca de más lectores que quieran acompañarnos. Con una fresca mañana y unos 20 niños y niñas se abre el Picnic. Reconozco caras y, extrañamente, nombres y apodos: Luis, Paúl, La Churos, y otros cuantos se acercan a buscar libros que no han explorado todavía. Esta vez, nuestros visitantes están bastante tranquilos y les interesa terminar las historias que comienzan, incluso me invitan a leer con ellos fragmentos de libros que repasan.

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“Waterloo and Trafalgar”, de Olivier Tallec, llama la atención por sus colores naranja y azul neón de la portada, así como por la interactividad que ofrecen sus páginas; hay partes en las que puedes cambiar solo la mitad de una página que te muestra la acción directa de sus personajes vigilándose el uno al otro sigilosamente. “Paranoica”, de Jung Yumi, es como siempre uno de los favoritos por los lectores de más edad, a quienes parece interesarles la simpleza y la narrativa oscura de los gráficos en negro con detalles en amarillo y rojo.

El calor del día va subiendo, los libros y sus lectores van agotándose. Así, una tropa de niños, 3 citadinos en short, y unos cuantos perritos del lugar nos dirigimos a la nueva biblioteca de caña. Una vez allá, Gio nos da la bienvenida con unos juegos corporales que nos sacuden el calor, nos resetean la imaginación y nos ponen atentos a escuchar las instrucciones de Alegría, quién lideraría el taller basado en “Un Libro” de Hervé Tullet. Este libro lleva imágenes de puntos de pintura que suben, bajan, se desparraman, multiplican y desaparecen de acuerdo a las instrucciones que acompañan cada ilustración. Alegría, distribuye papel y pinturas líquidas en los compartimentos de las hueveras que hemos cortado con anticipación, y organiza a las/os niñas/os en parejas y grupos de hasta 3. Una vez todos sentados, Alegría lee las páginas del libro y comanda la pintada con colores y formas.

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Al cabo de un rato, los papeles que comenzaron con trazos tímidos y poca pintura, son ya un caos de color y manos manchadas de arcoiris que corren por la biblioteca para mostrarnos sus creaciones. La pintura se acaba, los niños comienzan a salir para jugar con el árbol del frente de la estructura de caña, y son las 3 de la tarde; sabemos que el Picnic ha llegado a su fín por este día. Con una foto grupal nos despedimos y organizamos nuestro equipaje.

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La tarde es para los talleres con las mujeres de A Mano Manaba. La tarde es para almorzar con Abigail, una adolescente de 15 años, quien comparte con nosotros picudo frito, una suculenta menestra de lenteja, arroz, y la historia de cómo su perrito de 2 años va recuperándose de una herida gracias a los cuidados que ella le imparte después del colegio. La tarde es para visitar, nuevamente, a Noemí quien con honesta pena nos cuenta que fue difícil encontrar el auténtico queso manaba para enseñarnos a hacer el pan de almidón. Y así tambíen, la tarde es para caminar por la playa de Don Juan, atravesar botecitos pesqueros, vecinos en caballos, pasar por las playas de Bellavista y llegar al final de la playa marcado por un peñasco rocoso, un faro blanco con lineas rojas, y conchitas de mar de colores para la hija de Gio.

El día termina al sabor de los bollos de la madre de Miriam, quien nos ha invitado a su casa a cenar. Con la caminata de regreso donde Rut y Esteban, sabemos que hemos aprendido bastante, tenemos nuevas preguntas y cargamos ideas para la siguiente visita. También llevamos saludos para Emilia y Antonio; es reconfortante saber que de lado y lado nos extrañamos y aprendemos de las historias que compartimos.

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Que bueno fue estar de vuelta. Que bueno es regresar a Don Juan recordando nombres y rostros. Que bueno es estar en Don Juan para retar ideas sobre planes de desarrollo inculcadas desde arriba, desde otros que vigilan sin involucrarse, y así reafirmar el pensamiento de que la mejor forma de vivir bien, y justo, es comprometernos como vecinos, darnos una mano como amigos y conocernos en los momentos más críticos para llegar a la médula de los problemas. Que bueno fue regresar para compartir historias, aprender de la simpleza de pensamiento de los niños de acá, y recoger conchitas de colores. Que bueno es regresar a la ciudad extrañando el sabor a Don Juan…

 

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