Moverse para conocer nuevos lectores en Quito, Ecuador

Lugar: Parque El Ejido
Fecha: 22 de octubre de 2016
Mediación: Sofi, Majo, Karina y Emilia
Fotos: Sofi y Emilia
Reseña: Emilia

Esta vez nos dimos cita en un nuevo parque porque quisimos aprovechar un evento coyuntural que ocurría muy cerca: Hábitat III, este encuentro trajo a muchas personas de distintas partes del mundo para conversar sobre el futuro de las ciudades. Así que con algunos libros seleccionados, nuestras clásicas sombrillas y los manteles nos dirigimos a “El Ejido” que se encuentra en un punto estratégico de Quito, justo cuando se acaba el centro histórico y ya comienza la parte más “moderna”.

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Junto a Sofi y sus amigas, todas movilizadas en bicis, empezamos a organizar el espacio. Elegimos un lugar visible y fácil de reconocer para quienes se habían enterado del evento a través de facebook pero luego empezamos a dudar si era el más adecuado, ya que no veíamos a muchas familias por el sector. Sin embargo, como por arte de magia, algunos niños se vieron atraídos por los colores que saltaban en el lugar. Los primeros en llegar, un niño de unos 8 años y su madre, se acercaron a mirar el menú ofrecido en los manteles y él después de ojearlos rápidamente, escogió “Sofi tu mirada” escrito por Liset Lantigua con ilustraciones de Sozapato, publicado por Zonacuario. Pensé que esta elección, un libro de una editorial nacional, fue una respuesta a la familiaridad que le trajo el título y la portada, luego empecé a reflexionar sobre la importancia de tener ese tipo de obras (fácilmente reconocidas a primera vista y con los criterios que cumplen todos los libros de Picnic) y me vino a la mente todas las consecuencias poderosas que esta acción puede generar en el imaginario lector de nuestros visitantes.

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Luego de estas conversaciones internas que tuve, llegó Valentina, una niña de 6 años que junto a su madre se sentaron en el mantel donde yo estaba. Al estar tan cerca fue inevitable no escucharlas, “voy a buscar otro ma” decía ella apenas veía que estaba por terminarse el libro. Volvió a llamar mi atención que lo que buscaba era algo similar a lo que ya había leído, buscaba otras portadas con Willy, el famosísimo mono de Anthony Browne. Cuando volvió a levantarse, le mostré “Ramón preocupón” del mismo autor, abrió los ojos y vi que su mirada se sorprendía con este encuentro. De nuevo me senté a pensar en cómo se pueden tejer esos puentes a través de lo conocido hacia lo desconocido o mejor, quizás hacia lo un poquito menos conocido, y así poco a poco hacer recorridos lectores que permitan acercarnos a nuestros gustos.
Cuando me despegué de mis pensamientos y de chismosear en las lecturas de Valentina y su madre, me di cuenta que todos los manteles estaban llenos. Cada una de las voluntarias estaba leyendo con un niño o una niña diferente, no había muchos adultos, los niños llegaron solos y eso generó algo de duda. Luego, mientras conversaba con Sofi, me contó que eran hijos de los señores que vendían en algunas carpas instaladas en el parque. Algunos no habían tenido mucho contacto con la lectura pero estaban encantados con los libros.

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Majo, otra voluntaria, estuvo conversando con un niño sobre la importancia de aprender quichua, él le contó que sus padres hablaban pero que a él le daba vergüenza, así que Majo le animó a que aprenda y le confesó que a ella le encantaría saber y en seguida todas nos sumamos a esta confesión. Después de pensarlo, el pequeño pareció sentirse un poco más convencido. Es triste mirar cómo intentamos tapar, por vergüenza (propia o ajena), nuestras raíces, todos lo hacemos casi sin darnos cuenta, así que este encuentro fue otra sacudida en el Picnic.

Ya casi al final de la segunda hora, llegaron algunas amigas extranjeras de Sofi que vinieron para Hábitat III. Ellas, aunque hablaban poco español, se sentaron a escuchar con mucha atención las lecturas de Sebastián y además cuando terminó le obsequiaron una monedita de Canadá que habían traído para los niños. Otro encuentro bonito que hubo al final de Picnic, fue el de Sheila con su papá. Ella, de 6 años había pasado todas las dos horas yendo y viendo de libro en libro y de voluntaria en voluntaria, hasta que su padre, un poco asombrado se acercó para ver qué es lo que estaba haciendo. Le invité a sentarse y Sheila se animó a mostrarle que sí puede leer. Tomó “Dos pajaritos” un libro de imágenes de Dipacho y se puso a contarle toda la historia de principio a fin, él me miraba como buscando una respuesta a lo que estaba haciendo su hija, yo le dije que eso también es leer, que nos han hecho pensar que solo se lee letras pero que la lectura de imágenes es igual o a veces más importante.

Y acabo con esta pequeña frase de Teresa Durán para recordar la necesidad de tomar consciencia sobre lo que implica leer “antes de saber leer se ha de saber sentir… Amamos a quien nos habla y, también y sobre todo, a quien nos escucha. Igualmente, sin duda alguna, amamos la imagen de quien nos habla y nos escucha. Porque la imagen es también comunicación, una comunicación muy especial que se transforma en conocimiento”.

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