Lectura de lectores desde las emociones

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Por: Silvi Albuja

El parque La Carolina, nos recibía con ese clásico sol brillante que nos recuerda que estamos en el ombligo del mundo. Este es mi tercer voluntariado, así que pagué la novatada.

Cata y yo acordamos encontrarnos en un punto del parque previamente para alistar todo antes del picnic. Lo curioso es que en mi despiste no puse atención al lugar de encuentro y mientras la una esperaba en un extremo la otra lo hacía del lado contrario. Pero esta parte no fue la más cómica, pues mientras yo la buscaba por un lado ella caminaba por el otro, finalmente nos encontramos.

Los más fieles seguidores del picnic como súper héroes Mateo y Christopher ayudaron a Cata a empujar el librero móvil, llegué yo con mi cargo de conciencia a cuestas y nos pusimos manos a la obra. Lo curioso fue que como todo paladín famoso, este par de angelitos desaparecieron misteriosamente.

Poco a poco fue llegando la gente, la Cata y yo nos repartimos para invitar a las familias, y mi sorpresa fue que de golpe teníamos a 8 niñas sin ningún adulto cerca, todas ellas con características distintas entre sí. Mientras yo seguía invitando a las familias y explicando de qué se trataba el picnic, la Cata estaba cálidamente rodeada leyendo a un grupo de niños.

La más pequeñita del grupo de niñas que nos visitaban, de cabello largo, cachetes regordetes, vestido negro con florecitas, me miro y me dijo: ¡quiero pintar! Me acerqué con pinturas y libro en mano y nos pusimos a pintar. Mientras la miraba un solo pensamiento rondaba mi cabeza ¿qué le puede ocurrir a una niña tan pequeña para que la sonrisa se le haya borrado completamente del rostro?

Pasamos de pintar a leer y de leer a pintar. Estuvimos leyendo sin parar durante una hora y media, hasta que una religiosa se acercó y dio la orden para que las niñas se despidieran. Fue ahí cuando la Cata me explicó que venían de una casa de acogida; parte de las actividades de este centro era llevarlas de paseo al parque y gratamente se habían encontrado con este oasis lleno de libros.

Cata conversó con la hermana y le explicó de lo que va el picnic y se intercambiaron datos de contacto, con el objetivo de coordinar actividades en el futuro. Nos despedimos de este lindo grupo, esperando volverlas a ver pronto.

Las familias se acercaban de apoco entre timidez y desconfianza. Otra encantadora escena fue cuando una muchacha joven se sentó a leer con su fiel amigo un schnauzer gris. Al igual que una familia que trajo a su peludo amigo y cómodamente se instalaron a deleitarse con el sabor de las palabras.

Incansable fue el entusiasmo de un pequeñito de 4 años de pantalones cortos y camiseta, que leyó junto a su mamá por casi una hora, ellos fueron nuestros últimos visitantes.
Empezamos a guardar las cosas. Empujamos el librero móvil de regreso a su lugar de reposo el Jardín Botánico, esta vez juntas y sin súper héroes que nos dieran una mano.
Alguien me preguntó ¿qué se gana con ser voluntario? entre polvo, sudor y cansancio mi mayor recompensa de ese día fue: lograr llenar de curiosidad y ansias la mirada de una niña alejando el rastro de tristeza de su rostro. Sentir la calidez de un abuelo leyendo a su nieto, ver la gentileza de quien lee a su mejor amigo, el amor sincero de quien lee con cariño y que un par de libros de mi biblioteca me agradecieran por sacarlos a tomar sol.

Niños, padres, mascotas, libros y sonrisas. La lectura es una aventura gozosa. Eso es un día de picnic de palabras.

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