El sol nos encuentra reunidos en la plaza

Contamos historias para compartir lo que no se ve detrás de mil fotos que registran cada domingo, en diferentes lugares, lo que sucede en Picnic de Palabras. En esta oportunidad desde Florida, Buenos Aires, Argentina. Por: Pato Pereyra

El domingo tuvimos nuestro Picnic en Florida , Bs As, Argentina. ¡Hubo mucha gente! Somos pocos voluntarios, la plaza es chiquita, así que tener como 30 personas circulando nos parece una multitud. Acá el invierno se hace sentir, así que cuando sale el sol la gente aprovecha para salir a la plaza.

El domingo salió el sol, muchos salieron y de casualidad nos encontraron, pero también varios ya nos estaban buscando. Como estaba sola al principio, tuve que pedirle a mi hijo de 14 que me acompañara para llevar los libros. Había armado una guirnarla de globos, pero en las 3 cuadras de caminata se enredó toda y quedó un adorno un tanto diferente a como lo había imaginado.

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Apenas al llegar, se acercó un chico que reconocí de Picnics anteriores. Santino se llama, y se ofreció a acomodar los libros. Es como si se sintiera “de la casa”. Mientras íbamos acomodando, alguna gente se acercaba a preguntar que hacíamos (lo de siempre si se venden), y se sorprendía de nunca habernos cruzado en tantos meses de Picnic. Otros volvieron después de haber compartido con nosotros en otros Picnics anteriores, así que buscaban sus libros y se ponían a leer.

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Una mamá me dijo que su hijo siempre que venía tomaba el mismo libro (La bruja Berta), y ahí estaba en medio de los juegos muy ensimismado leyéndolo en voz alta, como si fuera la primera vez. Santino en un momento me pidió papel y lápiz porque quería escribir una historia. Así que se fue a las mesitas y en una muestra de inspiración y determinación que envidiarían varios escritores, la escribió en la hora más o menos que estuvo en el Picnic.

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Con formato de comic, se titula “El sientífico Jackson y su robot recoge manzanas”. Al terminar el Picnic nos juntamos porque el quería leernos la historia a todos. Así lo hizo, y al terminar, se la pedí para traérmela y disfrutarla con más tiempo, eso lo desconcertó. Se quedó pensando, y al final me lo permitió con el compromiso de que se la devolvería el próximo Picnic. Santino su madre y su hermano fueron los últimos en irse de la plaza, cuando ya oscurecía.
En el medio, hubo tiempo para volver a contar historias. Aproveché que había bastante gente, y un lugar al sol y leí “José Tomillo”, “¡Es hora de dormir papá!”, “Los secretos del abuelo sapo” y “No cualquiera pone un huevo”, una historia de una escritora amiga argentina llamada Iris Rivera. Una nena muy pequeña me escuchaba atentamente, aún algunas que pensé que no le interesarían por tener más texto y menos ilustración, también algunos grandes escuchaban atentamente (aunque sus hijos ya se habían ido a los juegos o a otro lugar de la plaza), y Santino corría de un lado a otro, porque quería escuchar pero también terminar su historia antes de irse.

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Les dejo el cartel que armé contándoles a la gente de la plaza porque era un Picnic de Palabras especial. Antes de irse, varios dejaron su nombre anotados en corazoncitos que pegamos, como un saludo para la gente que allá lejos festejaba en su propio Picnic de Palabras. Fue un Picnic, como todos sorprende, y cálido, a pesar del frío que nos acecha en Buenos Aires.

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