Cuando la tierra se mueve hay que volver a soñar juntos

Historias para reconstruir después de que la tierra tiembla sin previo aviso. Por: Emilia Andrade

Lugar: Don Juan
Fecha: 14 de mayo de 2016
Reseña: Emilia

El camino de llegada nos fue anunciando lo que circulaba por todos los medios: el terremoto había sido fuerte y mientras más poblado era el lugar, más daños se hacían presentes. Sin embargo, lo que no nos había dicho nadie era que la fuerza para sobreponerse a la adversidad fue casi tan poderosa como el mismo movimiento que originó los destrozos. En la carretera, entre plásticos y escombros, veíamos cocinas comunitarias improvisadas, cocinas que ofrecían las delicias manabas de las que todos los ecuatorianos nos sentimos orgullosos. A un mes del terremoto la gente de Pedernales ya estaba levantándose y organizando sus propias iniciativas para, poco a poco, ir retornando a la normalidad.

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Seguimos andando y en un par de horas más llegamos a Don Juan donde estaba el campamento de voluntarios de Embudo liderado por Juan Carlos, un hombre que fue a entregar ayuda y terminó quedándose porque encontró un nuevo sentido a su vida. Él nos recibió con un abrazo y dijo “el que estén aquí ya dice mucho, gracias por venir”. Con este mensaje resonando en mi cabeza, bajamos al pueblo. El primer encuentro que tuvimos con Don Juan fue al atardecer. La plaza central, con dos palos de caña guadua improvisados como arcos de fútbol, nos susurraba que la lluvia había caído fuerte durante la noche, pero también nos decía que ahora eso no importaba, que lo que verdaderamente estaba en juego era un partido de fútbol entre los más pequeños. Los refuerzos nacionales (Juan) e internacionales (Dipacho y Gio) habían llegado para equilibrar los ánimos. Entre sudor y sonrisas les contamos a los niños que al día siguiente haríamos una actividad para compartir libros y jugar con ellos.

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Y así fue, a pesar de que el sol de la mañana se asomó con timidez, los niños estaban listos para empezar y buscar los libros que con tanto cariño habían viajado desde Bogotá. Les preguntamos si preferían hacer la actividad en la playa y no dudaron ni un segundo en la propuesta, todos ayudaron a trasladar las carpas, los libros y los manteles. A pocos metros del mar nos dimos las manos, manos tostadas por el sol y labradas por la sal, manos pequeñas que agarraban fuerte para no soltarse, manos que se unieron en círculo para hacer una dinámica que “rompiera el hielo”. Lo que no supimos fue que no había nada que romper y menos aún que hubiera algún hielo que aguantara esas temperaturas. Los niños estaban ávidos por abrir las maletas y empezar a ojear libros. Hicimos pequeños grupos para leer, les contamos algunos acuerdos para la actividad y en menos tiempo del que nos tomó instalar todo ya se dibujaron sonrisas lectoras. Fue bonito mirar que las niñas más grandes y dos madres se acercaron para tomar el liderazgo con los pequeños, leían en voz alta, invitaban a hacer búsquedas y juegos en los libros. Conversamos con ellas sobre la posibilidad de que el Picnic pueda quedarse a largo plazo si estaban dispuestas a dar continuidad a esta iniciativa, se entusiasmaron y a mí me resonó esta idea… veremos qué surge con el tiempo.

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Después de una hora de lectura, Vane les propuso algunos juegos para correr y saltar en la arena, varios niños se unieron y otros quisieron seguir leyendo. Yo me quedé con Alan, uno de los niños más consentidos, leímos “¡¡¡Socorro!!!” de la editorial Corimbo y sin darme cuenta tenía un coro de niños repitiendo conmigo “socorro hay un monstruo verde/rayado/con espinas que me quiere comer”. El libro se fue abriendo más y más hasta acogernos a todos como una gran casa. Cuando levanté la mirada vi a Juan con un grupo de unos 5 niños, escuchándolo muy atentos y pidiendo nuevos libros. En otra esquina estaba Dipacho tomando fotos, atento a capturar los detalles del encuentro. Más tarde cuando decidimos cerrar el Picnic, llegó Ale y Rafa acompañados de Domingo, el “biblioburro” como lo bautizaron ellos seguramente influenciados por la historia del librero colombiano. Con una caja llena de rompecabezas, legos, pinturas y una guitarra al hombro esta pareja de Calceta nos sorprendió a todos con la versatilidad de tareas que propusieron.
Antes de acabar, uno de los niños más grandes me dijo si podíamos hacer origami, recordé que había traído papel y le pregunté a Gio si sabía alguna figura, luego de un par de intentos, ya estaban varios niños sentados a su alrededor. Entre conejos y barcos de papel cerramos nuestro primer día con más aprendizajes de los que pensábamos recibir.

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Al día siguiente visitamos Jama, un cantón a unos minutos de Don Juan. Las calles de barro y lluvia, los nuevos albergues y las pocas edificaciones que quedaban en pie dificultaron la tarea para recordar el lugar del campamento que los amigos de Embudo habían montado hace un mes. Finalmente lo logramos, al llegar nos recibieron Asu, Bachi y sus familiares, ellas están liderando “El Ébano” donde, en ese momento, estaban alrededor de unas 15 familias en casas temporales. “Todo cambia muy rápido y las necesidades son diferentes cada día” nos dijo Asu. Y sí, pudimos comprobarlo cuando fuimos a invitar a las personas de los barrios, Vane me fue contando cómo ha visto que se han fortalecido o debilitado los vecinos con el paso de los días. Cuando volvimos al campamento ya estaban unos 10 niños y jóvenes esperándonos, se habían acomodado con colchones en los espacios de sombra y todos tenían libros entre sus manos. Similar a lo que sucedió en Don Juan, los jóvenes empezaron a leer a los más pequeños pero poco a poco se fueron disipando y querían hacer “otra cosa”. Les propuse dar más tiempo a los que aún querían leer, la dinámica de no tener a padres o familiares involucrados cambia el sentido de Picnic pero debíamos ajustarnos a las necesidades.

Algunos se volvieron a enganchar con la lectura, les fui mostrando libros sobre temáticas cercanas a ellos, el mar o el fútbol fueron las más buscadas. Después de una hora y media fuimos guardando los libros con Juan y les propusimos que hagan pequeños grupos para algunas actividades manuales que teníamos. Rompecabezas, colores, hojas y tarjetas de memoria fueron saliendo de una de las donaciones que recibimos. Como suele suceder, unos querían lo que los otros tenían pero deje que ellos mismos se organizaran para no generar dependencia en mis decisiones, pudieron resolverlo bien y se fueron turnando de actividades. Una de las que más interés despertó fue el juego de memoria, grandes y chicos la disfrutaron muchísimo y encontraron distintas maneras para jugar. Me apenó no tener más tarjetas pero prometí volver con nuevas o quizás traer material para que ellos mismos puedan hacerlas. A la hora de guardar las cosas todos nos preguntaron cuándo volveríamos, en ese momento no pudimos decirles con certeza pero ahora estamos seguros que a finales de este mes regresaremos llenos de libros y alegrías por compartir.

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