Palabras de esperanza en El Hatillo, Venezuela

De cada rincón construimos historias alrededor de lo que nos sucede, nos gusta compartir con otros y saber que juntos estamos cambiando el mundo. Soñar es una acción que no podemos dejar que se extinga y por eso estamos aquí, hoy, contando y compartiendo una nueva historia. Por: Larissa Hernández

La Alcaldía de El Hatillo, a través de su plataforma cultural, turística y deportiva Vive El Hatillo, realizó por primera vez el Festival del Libro Infantil y Juvenil (Flij 2016) durante los días 15, 16 y 17 de julio. El evento reunió a escritores, ilustradores, editoriales y diversos actores culturales de Venezuela, brindándoles a los asistentes una variada agenda de actividades dirigidas a niños y jóvenes en espacios públicos del municipio.

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Gracias a la invitación de Vive El Hatillo, el Picnic de Palabras de Cuentos del escarabajo se llevó a cabo en la Plaza Bolívar de El Hatillo los días viernes 15 y domingo 17 y en el Centro Social y Cultural Don Henrique Antonio Eraso el sábado 16, acompañados de la Biblioteca Trino de Jesús Parra que llenó nuestros manteles de libros a través de su programa de lectura “La Biblioteca va a la plaza”.

El viernes nos acompañó Cristina Molinati quien logró captar la atención de los niños con su juego de cazar palabras. Luego contó Los tres lobitos y el cochino feroz, de Eugene Trivizas, Los secretos de abuelo sapo, de Keiko Kasza, representado por adultos y niños del público, No se aburra, de Maité Dautant, y cerró con Cuello duro, de Elsa Bornemann, con una ronda de niños con máscaras de animales que masajeaban a una jirafa con tortícolis.

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Norma Guatarama, por su parte, abrió sus presentaciones con Vamos a cazar un oso, de Michael Rosen, representó con títeres y máscaras El perro del cerro y la rana de la sabana, de Ana Maria Machado, le cambió la ropa a Maisy en el libro Maisy se va a nadar, de Lucy Cousins, asustó a los niños con La mano sangrienta, de Luis Pescetti, cantó Chúmbala cachumba de Ekaré, y dos hermosos cantos indígenas en honor a sus ancestros kariñas.

Sueña, Vive, Lee era el lema oficial del Flij 2016, y fue eso lo que logramos con los más de 100 niños que atendieron a nuestro Picnic de palabras durante estos 3 días de festival. Esperamos que iniciativas como ésta se multipliquen y nos brinden la oportunidad de llevar este proyecto que nos une.

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Nosotros continuaremos con nuestros Picnic de Palabras en el barrio El Calvario de El Hatillo los primeros y terceros viernes de cada mes, valiéndonos de la lectura para incidir positivamente en los problemas de violencia y en la reconstrucción del tejido social.

 

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Summer in the City: Picnic de Palabras Brooklyn 

By: Emily Pellerin

Working up to June’s edition of Picnic de Palabras, we were anticipating grueling heat, and were unsure of how that would affect our audience at the park. Luckily, the day was absolutely beautiful, the park was crowded, and the shade was ample.

This was the first time in the Brooklyn Picnic’s short history that there were more volunteers than there were readers, making for a funny demography on the picnic blankets. That didn’t deter the kiddos from coming around — as usual, there were cousins in pairs, some solo readers, parents and little ones, and whole families who joined us to read. There was even an avid reader who brought his furry friend to the picnic blankets: Pancho, the (reading) rabbit!

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One newly observed relationship to the program was that some shyer children were hesitant to come over and read with/to us, but asked to carry books with them to read in their own spaces. Like a mini library in the park, a few kiddos would bring books back to their own blankets, read them, and return to choose another once they were done.

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This month, we incorporated books for children whose stories were entwined with writers of classic literature: Zora Neale Hurston-curated short stories, a Virginia Woolf parody, an MLK speech transcribed for kids; we also included books in Cantonese, along with those in Spanish and English, as we’ve noticed the breadth of bilingualism in the park is expanded beyond just Spanish- and English-speakers. The culturally rich neighborhood of Bushwick again proved itself a wonderful host for our Picnic de Palabras.

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This month we were lucky that Yaco of Picnic de Palabras Bogotá was visiting! Upcoming in August, Picnic de Palabras Brooklyn will host Mary Murphy Wong, a longtime New York resident and storyteller.

El sol nos encuentra reunidos en la plaza

Contamos historias para compartir lo que no se ve detrás de mil fotos que registran cada domingo, en diferentes lugares, lo que sucede en Picnic de Palabras. En esta oportunidad desde Florida, Buenos Aires, Argentina. Por: Pato Pereyra

El domingo tuvimos nuestro Picnic en Florida , Bs As, Argentina. ¡Hubo mucha gente! Somos pocos voluntarios, la plaza es chiquita, así que tener como 30 personas circulando nos parece una multitud. Acá el invierno se hace sentir, así que cuando sale el sol la gente aprovecha para salir a la plaza.

El domingo salió el sol, muchos salieron y de casualidad nos encontraron, pero también varios ya nos estaban buscando. Como estaba sola al principio, tuve que pedirle a mi hijo de 14 que me acompañara para llevar los libros. Había armado una guirnarla de globos, pero en las 3 cuadras de caminata se enredó toda y quedó un adorno un tanto diferente a como lo había imaginado.

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Apenas al llegar, se acercó un chico que reconocí de Picnics anteriores. Santino se llama, y se ofreció a acomodar los libros. Es como si se sintiera “de la casa”. Mientras íbamos acomodando, alguna gente se acercaba a preguntar que hacíamos (lo de siempre si se venden), y se sorprendía de nunca habernos cruzado en tantos meses de Picnic. Otros volvieron después de haber compartido con nosotros en otros Picnics anteriores, así que buscaban sus libros y se ponían a leer.

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Una mamá me dijo que su hijo siempre que venía tomaba el mismo libro (La bruja Berta), y ahí estaba en medio de los juegos muy ensimismado leyéndolo en voz alta, como si fuera la primera vez. Santino en un momento me pidió papel y lápiz porque quería escribir una historia. Así que se fue a las mesitas y en una muestra de inspiración y determinación que envidiarían varios escritores, la escribió en la hora más o menos que estuvo en el Picnic.

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Con formato de comic, se titula “El sientífico Jackson y su robot recoge manzanas”. Al terminar el Picnic nos juntamos porque el quería leernos la historia a todos. Así lo hizo, y al terminar, se la pedí para traérmela y disfrutarla con más tiempo, eso lo desconcertó. Se quedó pensando, y al final me lo permitió con el compromiso de que se la devolvería el próximo Picnic. Santino su madre y su hermano fueron los últimos en irse de la plaza, cuando ya oscurecía.
En el medio, hubo tiempo para volver a contar historias. Aproveché que había bastante gente, y un lugar al sol y leí “José Tomillo”, “¡Es hora de dormir papá!”, “Los secretos del abuelo sapo” y “No cualquiera pone un huevo”, una historia de una escritora amiga argentina llamada Iris Rivera. Una nena muy pequeña me escuchaba atentamente, aún algunas que pensé que no le interesarían por tener más texto y menos ilustración, también algunos grandes escuchaban atentamente (aunque sus hijos ya se habían ido a los juegos o a otro lugar de la plaza), y Santino corría de un lado a otro, porque quería escuchar pero también terminar su historia antes de irse.

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Les dejo el cartel que armé contándoles a la gente de la plaza porque era un Picnic de Palabras especial. Antes de irse, varios dejaron su nombre anotados en corazoncitos que pegamos, como un saludo para la gente que allá lejos festejaba en su propio Picnic de Palabras. Fue un Picnic, como todos sorprende, y cálido, a pesar del frío que nos acecha en Buenos Aires.

Cuando la tierra se mueve hay que volver a soñar juntos

Historias para reconstruir después de que la tierra tiembla sin previo aviso. Por: Emilia Andrade

Lugar: Don Juan
Fecha: 14 de mayo de 2016
Reseña: Emilia

El camino de llegada nos fue anunciando lo que circulaba por todos los medios: el terremoto había sido fuerte y mientras más poblado era el lugar, más daños se hacían presentes. Sin embargo, lo que no nos había dicho nadie era que la fuerza para sobreponerse a la adversidad fue casi tan poderosa como el mismo movimiento que originó los destrozos. En la carretera, entre plásticos y escombros, veíamos cocinas comunitarias improvisadas, cocinas que ofrecían las delicias manabas de las que todos los ecuatorianos nos sentimos orgullosos. A un mes del terremoto la gente de Pedernales ya estaba levantándose y organizando sus propias iniciativas para, poco a poco, ir retornando a la normalidad.

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Seguimos andando y en un par de horas más llegamos a Don Juan donde estaba el campamento de voluntarios de Embudo liderado por Juan Carlos, un hombre que fue a entregar ayuda y terminó quedándose porque encontró un nuevo sentido a su vida. Él nos recibió con un abrazo y dijo “el que estén aquí ya dice mucho, gracias por venir”. Con este mensaje resonando en mi cabeza, bajamos al pueblo. El primer encuentro que tuvimos con Don Juan fue al atardecer. La plaza central, con dos palos de caña guadua improvisados como arcos de fútbol, nos susurraba que la lluvia había caído fuerte durante la noche, pero también nos decía que ahora eso no importaba, que lo que verdaderamente estaba en juego era un partido de fútbol entre los más pequeños. Los refuerzos nacionales (Juan) e internacionales (Dipacho y Gio) habían llegado para equilibrar los ánimos. Entre sudor y sonrisas les contamos a los niños que al día siguiente haríamos una actividad para compartir libros y jugar con ellos.

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Y así fue, a pesar de que el sol de la mañana se asomó con timidez, los niños estaban listos para empezar y buscar los libros que con tanto cariño habían viajado desde Bogotá. Les preguntamos si preferían hacer la actividad en la playa y no dudaron ni un segundo en la propuesta, todos ayudaron a trasladar las carpas, los libros y los manteles. A pocos metros del mar nos dimos las manos, manos tostadas por el sol y labradas por la sal, manos pequeñas que agarraban fuerte para no soltarse, manos que se unieron en círculo para hacer una dinámica que “rompiera el hielo”. Lo que no supimos fue que no había nada que romper y menos aún que hubiera algún hielo que aguantara esas temperaturas. Los niños estaban ávidos por abrir las maletas y empezar a ojear libros. Hicimos pequeños grupos para leer, les contamos algunos acuerdos para la actividad y en menos tiempo del que nos tomó instalar todo ya se dibujaron sonrisas lectoras. Fue bonito mirar que las niñas más grandes y dos madres se acercaron para tomar el liderazgo con los pequeños, leían en voz alta, invitaban a hacer búsquedas y juegos en los libros. Conversamos con ellas sobre la posibilidad de que el Picnic pueda quedarse a largo plazo si estaban dispuestas a dar continuidad a esta iniciativa, se entusiasmaron y a mí me resonó esta idea… veremos qué surge con el tiempo.

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Después de una hora de lectura, Vane les propuso algunos juegos para correr y saltar en la arena, varios niños se unieron y otros quisieron seguir leyendo. Yo me quedé con Alan, uno de los niños más consentidos, leímos “¡¡¡Socorro!!!” de la editorial Corimbo y sin darme cuenta tenía un coro de niños repitiendo conmigo “socorro hay un monstruo verde/rayado/con espinas que me quiere comer”. El libro se fue abriendo más y más hasta acogernos a todos como una gran casa. Cuando levanté la mirada vi a Juan con un grupo de unos 5 niños, escuchándolo muy atentos y pidiendo nuevos libros. En otra esquina estaba Dipacho tomando fotos, atento a capturar los detalles del encuentro. Más tarde cuando decidimos cerrar el Picnic, llegó Ale y Rafa acompañados de Domingo, el “biblioburro” como lo bautizaron ellos seguramente influenciados por la historia del librero colombiano. Con una caja llena de rompecabezas, legos, pinturas y una guitarra al hombro esta pareja de Calceta nos sorprendió a todos con la versatilidad de tareas que propusieron.
Antes de acabar, uno de los niños más grandes me dijo si podíamos hacer origami, recordé que había traído papel y le pregunté a Gio si sabía alguna figura, luego de un par de intentos, ya estaban varios niños sentados a su alrededor. Entre conejos y barcos de papel cerramos nuestro primer día con más aprendizajes de los que pensábamos recibir.

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Al día siguiente visitamos Jama, un cantón a unos minutos de Don Juan. Las calles de barro y lluvia, los nuevos albergues y las pocas edificaciones que quedaban en pie dificultaron la tarea para recordar el lugar del campamento que los amigos de Embudo habían montado hace un mes. Finalmente lo logramos, al llegar nos recibieron Asu, Bachi y sus familiares, ellas están liderando “El Ébano” donde, en ese momento, estaban alrededor de unas 15 familias en casas temporales. “Todo cambia muy rápido y las necesidades son diferentes cada día” nos dijo Asu. Y sí, pudimos comprobarlo cuando fuimos a invitar a las personas de los barrios, Vane me fue contando cómo ha visto que se han fortalecido o debilitado los vecinos con el paso de los días. Cuando volvimos al campamento ya estaban unos 10 niños y jóvenes esperándonos, se habían acomodado con colchones en los espacios de sombra y todos tenían libros entre sus manos. Similar a lo que sucedió en Don Juan, los jóvenes empezaron a leer a los más pequeños pero poco a poco se fueron disipando y querían hacer “otra cosa”. Les propuse dar más tiempo a los que aún querían leer, la dinámica de no tener a padres o familiares involucrados cambia el sentido de Picnic pero debíamos ajustarnos a las necesidades.

Algunos se volvieron a enganchar con la lectura, les fui mostrando libros sobre temáticas cercanas a ellos, el mar o el fútbol fueron las más buscadas. Después de una hora y media fuimos guardando los libros con Juan y les propusimos que hagan pequeños grupos para algunas actividades manuales que teníamos. Rompecabezas, colores, hojas y tarjetas de memoria fueron saliendo de una de las donaciones que recibimos. Como suele suceder, unos querían lo que los otros tenían pero deje que ellos mismos se organizaran para no generar dependencia en mis decisiones, pudieron resolverlo bien y se fueron turnando de actividades. Una de las que más interés despertó fue el juego de memoria, grandes y chicos la disfrutaron muchísimo y encontraron distintas maneras para jugar. Me apenó no tener más tarjetas pero prometí volver con nuevas o quizás traer material para que ellos mismos puedan hacerlas. A la hora de guardar las cosas todos nos preguntaron cuándo volveríamos, en ese momento no pudimos decirles con certeza pero ahora estamos seguros que a finales de este mes regresaremos llenos de libros y alegrías por compartir.