31 de diciembre desde Florencia, Italia

Por: Andrea Gasparri

Treinta y uno de diciembre. Lejos de cada previsión meteorológica los días todavía están templados, y si la ciudad no se cubre de una insólita neblina, entonces el sol se arrima y nos regala un calorcito rico. Acá en Italia, abrimos la cobija por primera vez en un parque público, debajo de un roble que en estos días nos esperó preparando un colchón de hojas multicolores,  mullidas y acogedoras. Estamos en los jardines de Campo di Marte , detrás de la cancha de futbol de Firenze. Mientras pegamos algunos afiches a los arboles y ordenamos los libros, una mujer se nos acerca. Está toda envuelta en gorro, bufanda y sonrisa y nos pregunta: “¿Qué hacen?” Eso era exactamente lo que necesitábamos, una grieta, una raja, una abertura donde meter el rostro como hacen los perros cuando quieren abrir una puerta…

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Bueno, nosotros en aquella abertura ponemos un libro, un cuento y lentamente todas las bisagras a la base de los cuellos de los demás padres se mueven hacia nosotros mientras el enjambre de niños vuela a la cobija-balsa que los espera ahí tendida en el pasto. Flores, carreras, palabras, todo cae en el vórtice de pequeños dedos que indican las tapas ilustradas de los libros bien acomodados arriba del mantel y cuando una decena niños se quedan bien sentados uno al lado del otro delante de nosotros es todo un florecer de: ¿Me lees esto? ¿Pero luego me lees este otro también?

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Pequeñas victorias se acercan a la orilla de la manta de Picnic di Parole. Un papá que llega cargado como un ekeko con los juguetes más tentadores, monopatines, pelotas y bicicletas, llama a sus niños para que vayan a jugar, a correr, a patear… Todas actividades muy sanas pero ahora no pegan, porque la mamá está ahí sentada leyendo Vamos a cazar el oso, y yo rara veces vi un libro ganarle a la pelota de futbol, pero esto si puede pasar ahora, aquí en el Picnic. La sencillez que asombra, construida en un espacio público con un mantel, muchos libros y unos lectores. Esta es la receta de Picnic de palabras/di parole.

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A leer los cuentos éramos tres: yo, Beatrice y Margherita. Nos atrevimos a hacer también un pequeño experimento. Estoy traduciendo los libros de Amalia Low y antes de presentarlos a las editoriales necesito averiguar si funcionan con los niños. Así fue que traje Tito y Pepita con el texto traducido pegado en las paginas. Algunas parte funcionaron mejor que otras y hay que cambiar ciertas rimas. Cuando el libro salga en las librerías será el resultado de un trabajo mío, de mis colegas y de las sugerencias que me dieron los niños.

Ahora ya llegó enero y ya queremos organizar el próximo encuentro de Picnic di Parole. En un parque o en un local esto ya lo veremos.
Buena lectura.

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