Picnic de Palabras en la mañana del día del padre en Bogotá

Hay días de muchas lecturas con pocos lectores. Esto fue lo que sucedió el 21 de junio de 2015. Por: María Angélica Plata

El pasado Picnic de Palabras coincidía con la celebración del día del padre y con el partido de la selección contra Perú. Así que se propuso un cambio de hora: no de 2:00 p.m. a 4:00 p.m., en la que regularmente se hace, sino de 10:00 a.m. a 12:00 m.

Llegamos al parque, al pedacito de verde que acoge un mantel a cuadros, varias cobijas, vpicnic 1arios libros y lectores. Aunque el cielo se estaba despejando, decidimos armar la carpa mini y ubicamos algunos libros. Pude reconocer que en horas de la mañana el movimiento del parque es diferente: muchos deportistas y pocas familias. El amarillo y el rojo de las camisetas de la selección contrastaban fuertemente con los opacos, en escala de grises, cerros orientales… y el barullo de los carros en las vías aledañas —aquellos que intentaban salir de la ciudad para almorzar o se movilizaban de regreso para ver el partido— hacían sentir que era un domingo particular.

Fernanda y Valentina, hijas del señor Fajardo —que vende helados en el parque— y fieles lectoras, nos ayudaron a armar la carpa (son expertas y sé que junto a Marce guiarán mi curso intensivo de armado de carpa, jeje) y con ellas compartimos toda la mañana. Fue un Picnic familiar.

También se acercó un señor con su nieto, chiquitín de unos dos años, y Marce los acompañó, prestando su voz, en las primeras lecturas. No era la primera vez que visitaban Picnic, pero hacía bastante que no regresaban.

Fernanda, Valentina y yo soñamos varios libros: “El corazón en la botella”, del genial Oliver Jeffers; “Duerme negrito”, ilustrado por Paloma Valdivia, y varios títulos informativos que invitan a adivinar y jugar (como “¿Quién me mira?” o “¡Pequeñitos!”, de Stéphane Frattini), y compartimos historias: hablamos de otros libros, de cosas que suceden en nuestra cotidianidad (hogar, estudio, trabajo), de lo que sentimos…

Casualmente me encontré con un conocido de Cartagena que en varias ocasiones se ha interesado por Picnic de Palabras y otros proyectos de promoción de lectura en los que he podido participar porque quisiera implementar algún programa con la Gobernación de Bolívar… y, aunque no se pudo quedar (iba camino al aeropuerto, sobre el tiempo), prometió visitar Picnic en uno de sus próximos viajes: “en mi próxima visita estaré en los Picnic” —recordó el domingo en la noche en el cartel de Picnic que posteé en mi muro.

picnic 2

Cuando el abuelo se fue con su nieto, Marce se acercó y continuamos disfrutando los libros informativos del menú de ese día y contando las historias curiosas que conocíamos de cada animal. Después Marce leyó con Valentina y yo leí con Fernanda. Compartir “Tito y Pepita”, de la maravillosa Amalia Low, fue lo más bonito: Fernanda lo conoce de memoria pero siempre lo disfruta con asombro, como si fuera la primera vez.

Si bien varios factores hicieron que pocas personas participaran en el pasado Picnic, los encuentros entre libros y lectores siempre serán especiales y, desde el afecto, permitirán tejer sueños y esperanzas.

La experiencia de Picnic siempre es significativa. En Picnic, cada domingo, nace y crece la magia.

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