Visitar Florencia y encontrarse de nuevo

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Si alguien me hubiera dicho, hace 5 años, que estaría visitando Florencia y haciendo Picnic de Palabras aquí, lo hubiera mirado con cara de si claro. Y resulta que esa persona habría tenido toda la razón, y si hubieramos hecho una apuesta sin duda la habría ganado con una sonrisa inmensa, y yo habría perdido.

Esto nunca pasó, lo que si pasó fue tener Picnic de Palabras en Florencia, y haber estado ahí. Conocer cómo lo hacen aquí, ser una visitante más, que en otro idioma, se sienta con una de las mediadoras italianas, a leer en voz alta como una niña de 5 años, que va descifrando lo que lee y lo que significa en inglés, porque ninguna habla italiano ni español. Que locura el poder de la lengua para acercanos y alejarnos. Aquí uno se las arregla con las manos, los ojos, el cuerpo. Aquí si que el cuerpo es un libro para leer y para contar.

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Encontré más similitudes que diferencias. Papás y mamás que se sientan en el piso, cerca a sus hijos, o entre sus piernas. Les leen al oído, como en un susurro, contándoles historias como si fueran secretos que nadie más puede oír. Son cómplices junto al libro. También, papás y mamás que se quedan al margen, de pie, y siguen la actividad sin involucrarse. Es para ellos que hacemos esto, para invitarlos a participar, paso a paso. Algunos se animan otros no. Ahí es donde empieza la brecha entre los niños que tienen el lujo de tener papás lectores y otros que los tienen al margen.

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Y entonces mi atención se la roba este pequeño, no supe su nombre, y me acordó a mi sonbrino Santi que está en Bogotá y tiene 2 años y mucha actitud. Dos niños lectores, cada uno único. Este pequeño lector estaba con su mamá, descubrió el libro del lobo, y no lo soltó durante todo el tiempo que estuvo. Lo tenía abrazado, y se siente la conexión en una sola foto, de lo que significa un objeto en la vida de un niño. En este caso sería temporal, y a la vez tan significativa, que se animo a ponerse de pie, juntarse con los otros niños, y pedirle a Andrea que leyera ese libro que con tanta fuerza abrazaba. Soltar para conocer lo que hay dentro.

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Durante la sesión de lectura en voz alta que presentó Andrea, la voz conecta. Tres de estos niños llegaron con pistolas de juguete. Andrea, mago y sabio, negocio con ellos desarmarse mientras leían, ellos bajaron las armas y las guardaron entre la maleta donde ellos traen los libros. Fue un acto sencillo y a la vez simbólico, libros que remplazan las armas, toda una apuesta. Niños que aceptaron el trato y estuvieron una hora escuchando historias, siguiéndolas, comentándolas, atentos. Aquí siempre hay espacio para todos, y los padres también tuvieron un lugar junto a sus hijos. Ver en esta foto todos los ojos siguiendo un punto que no está, la historia que se cuenta por fuera de la foto, muestra el potencial que tiene la palabra para conducir la atención de todos hacia un mismo punto. Por un instante, la lectura en voz alta, la posibilidad y la sonoridad de las palabras congelan el tiempo, la realidad y transportan a sus lectores al tiempo de la ficción, de la historia, que transcurre entre un texto escrito que tiene palabras e imágenes.

IMG_3642 (1).JPGHubo también espacio para leer en pequeños grupos, y con esta foto junto a las estatuas del parque, que se quedan solas cuando todos vuelven a sus casas, me quedo pensando en cómo estas historias, esta idea de Picnic de Palabras, es en realidad un barco que navega a su tiempo y en su propio viento que le marca el ritmo. Aquí, hasta a las estatuas les leen cuentos.

Picnic en Mashpi: lecturas y libros en un bosque tropical

 

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Lugar: Mashpi
Fecha: 22 de abril de 2017
Mediación: Anapau, Paola y Emilia
Fotos: Paola
Reseña: Emilia y Paola

Atrás quedó el tráfico y las grandes avenidas con pasos a desnivel que anunciaban la salida norte de la ciudad de Quito. Poco a poco los paisajes fueron cambiando desde canteras desérticas, pasando por monumentos piramidales, edificios salidos de contexto y museos de sitio, hasta rodearnos del color verde de las montañas que se abrían paso entre quebradas y cascadas. Luego vino algo de neblina y lluvia que pidieron una parada de café y empanada de verde para apaciguar el hambre.

Volvimos a revisar las instrucciones para llegar, teníamos por delante varias curvas y la humedad que ya se iba metiendo en la piel. Después de pasar por la comunidad de Pachijal el camino se dividió en dos, y entre sombras de cedros, alisos, helechos y bromelias llegamos al letrero de bienvenida a “Pambiliño”. Al bajarnos, lo primero que vimos al pisar la tierra mojada fue el cielo completamente despejado, el cuello no nos daba para seguir doblándolo hacia atrás en busca de más brillo y más oscuridad, de más estrellas y constelaciones, la noche era inmensa y Mashpi ya nos anticipaba que serían días bellos y transformadores.

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Emi, quien creó la iniciativa “Juguemos en el bosque”, nos recibió a la luz de velas y el movimiento de las hamacas, nos dijo que nos instalemos y que la cena estaba lista. Anapau nos mostró el camino hasta la maloca donde armamos las carpas. La casa estaba llena, artistas (titiriteros y teatreras) que también colaboraron en el vacacional, voluntarios de distintas partes del mundo y familias de fincas cercanas que apuestan a la sensibilización ambiental nos sentamos a la mesa a compartir alimentos sanos realizados con paciencia y dedicación (una mención especial a la compota de plátano con chocolate y nibs de cacao).

El día siguiente amaneció entre trinos de pájaros y un buen desayuno; y comenzaron a llegar los niño/as de la comunidad de Mashpi. En la zona habitan algunas familias colonas que llegaron a trabajar en grandes fincas de monocultivos de distintos productos agrícolas, principalmente, palmito y palma. Alrededor de 20 personas cantamos y movimos el cuerpo con unas rondas infantiles “rápido, rápido, rápido” y “leeeento, leeeento, leeeento” y bajamos a las orillas del río para disfrutar del “Picnic de Palabras”.

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Mientras escuchábamos el sonido del agua fluyendo y llenábamos los pulmones de aire limpio, rodeados de la naturaleza de esta área protegida del cantón Quito, leímos sin parar. En parejas, en pequeños grupos o solos compartimos lecturas en voz alta sobre malvados conejitos, hombres de color, monos campeones y decenas de historias que nos estimularon la imaginación –creación de imágenes mentales-, proceso esencial para entender el mundo y actuar en él. Después, interactuando colectivamente leímos “Colores” de Hervé Tullet, primero con la mano mágica, después con pinceles y témperas, mezclamos y creamos el púrpura, naranja y verde. Sentados en círculo cerramos la jornada comiendo galletas y maní de dulce, y cantando mientras veíamos las ilustraciones del libro “Duerme negrito” (Paola Valdivia), acompañados por percusión y guitarra. Por último, todos los que deseábamos, chapuzón en el cristalino río Mashpi, nados hasta rocas, clavados, escalada y saltos desde sogas colgando de árboles, juegos con piedritas, pinturas corporales con “lápices de roca”, y esa deliciosa sensación corporal de frescura y tranquilidad.

Sumamos a las vivencias algunas perdidas por el bosque subtropical y caminatas explicativas sobre agricultura ecológica y restauración de ecosistemas degradados, y evidenciamos que la propuesta sobre desarrollo sustentable y conservación, que irradian las familias de las reservas de la zona, trasciende el discurso, se experimenta en el cotidiano como una forma de vida. Alegres y pensativos partimos a la ciudad tras la oportunidad de convivir en este espacio y recuperar ese vínculo con nuestro hábitat, sonriendo ratificamos que “en cada caminata con la naturaleza, uno recibe mucho más de lo que busca” John Muir.

Lectura, poesía, canciones: hilos para tejer una comunidad de lectores

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Por: Pato Pereira.

Muchísima gente en la plaza. Mucha gente nueva pero también gente del barrio.

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Me acompañó la invaluable ayuda del ingeniero que llegó más tarde cargando maleta y mate. Se había comprometido el pequeño a ir con nosotros pero le agarró una siesta de último momento y no quise despertarlo. La plaza estaba llena de gente, eso pasa a veces. Era un día soleado, no tan cálido porque se está acercando el otoño… así que la gente aprovechó para salir a la plaza.

En cuanto echamos a volar los manteles se acercaron varios lectores a curiosear. Escuché por ahí un comentario “llegó el picnic de libros”, así que supe que era gente conocida. Un grupo de niños inquietos empezaron a curiosear, compartendo lecturas…

Seguimos invitando gente a acercarse, leimos, les recomendamos libros (nada que me guste más que recomendar un libro y ver que ese libro encontró un huequito en el corazón del lector).

Como ven en las fotos, no solo los niños leen, los grandes también…

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Es especial cuando me encuentro con algún pequeño lector que ya conozco hace rato, eso pasó con Bauti, el fanático de “Un lobo así de grande” que volvió después de unos meses sin verlo. Hace más de un año que lo veo en la plaza así que imaginénse lo chiquito que era. Leyó Lobo de FCE y luego se entretuvo con la Bruja Berta y El tesoro escondido del capitán Tifón… El hermano ya está tan grande que casi no lo reconozco, y ahora llegaron con una hermanita de meses ¡que espero nos siga visitando!

Al final regalamos poesías para llevar, y terminamos con un pequeño recital en donde compartimos primero poesía, Cocorococó, A lo bestia, y terminamos con el cuento de Finn Hermann…ante el pedido de algunos niños que lo habían visto por ahí…

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Como colofón, los invitamos hoy a soltar un libro en el barrio, para que se encuentre con un lector sosprendido, y acrecentemos esta comunidad lectora que crece, lenta, pero firme y pertinaz en mi barrio de Florida.

Los libros se retiraron satisfechos, el clima nos ayudó, y colorín colorado este picnic terminó…

Pasa el tiempo, y seguimos leyendo, cuando el clima nos lo permite y las condiciones son óptimas. Esta vez desde Ecuador, un picnic que es inolvidable.

Reseña de Catalina Unigarro sobre la visita de María de los Ángeles Boada

Lugar: Parque La Carolina.
Fecha: 27 de noviembre de 2016
Mediación: Cata, Juan y Emilia
Fotografías: Emilia

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Conocí a María de los Ángeles Boada, escritora de literatura infantil, por una amiga en común, en una reunioncita en la que conversamos con entusiasmo sobre las posibilidades de emprender proyectos en torno a la lectura. María es escritora ecuatoriana y la verdad, hasta entonces no había tenido oportunidad de conocer su obra. Le propuse que nos acompañe en un encuentro de Picnic para escuchar en su voz sus historias y aceptó de inmediato. Sin embargo, y por varias razones, ese momento tardó casi un año en concretarse. Nos perdímos la pista.

Volvimos a encontrarnos y a organizar su visita. María estuvo siempre muy entusiasmada de conocer este espacio y me pidió que le explicara en qué consistiría su participación. ¿Qué queremos de estos invitados especiales? Pensé. Y recordé todo el sentido. Esos ejercicios tan necesarios para no automatizar las cosas. Le comenté que se trataba de una iniciativa bastante libre en la que no teníamos guión aparente. Que se trataba ante todo de compartir. Que cuando sugerimos libros, como en la música, compartimos nuestros favoritos, lo que nos alegra el corazón. Así que la invité a llevar los libros que más le guste y disfrute leer.

Después de acoger a nuestros visitantes durante la primera hora de Picnic, María empezó las lecturas en voz alta. Nos compartió “¿Dónde viven los monstruos?” de Maurice Sendak, “El elefante flaco y la jirafa gorda” de Amalia Low; “No seas goloso señor oso” y “¿Qué idioma hablan los animales?” de su autoría. Sus dos hijos la acompañaron, y la asistieron con dos títeres muy simpáticos. Gracias a la calidez de la lectura, fueron historias que atraparon a los grandes y más pequeñitos, quienes respondieron con su atenta escucha. María nos invitó al juego de cada historia, desatando preguntas y risas cómplices. Sentir esas respuestas fue muy inspirador. En esta ocasión, y gracias a la generosidad de María quien nos regaló su voz y sus bellas historias, se generó la cercanía, no siempre posible, entre escritores/narradores con el público, despertando la curiosidad e interés por la obra, el oficio y la profesión.

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En cuanto las lecturas terminaron, algunos niños y padres se acercaron a María a preguntarle sobre sus libros, sus historias y dónde encontrarlas. Es una suerte asistir a estos momentos privilegiados, en el que se sienten vínculos afectivos y puentes invisibles entre la literatura y las personas, esos momentos que vienen sucediendo en la sencillez de los manteles del Picnic, hace ya dos años, gracias a un equipo de voluntarios y a una comunidad amorosa que va creciendo, en un lindo parque de Quito.

Picnic de Palabras y Fernanda

Por: María Angélica Plata

El 12 de febrero, retomamos Picnic de Palabras Bogotá.

Con unas galletitas llenas de estrellas (llamadas ‘Pan di Stelle’) que llevó para compartir, Amalia Satizábal endulzó una tarde llena de relecturas y gratas sorpresas.

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Durante la primera media hora y después del cierre, los integrantes del equipo de voluntarios (Amalius, Juan D., Andres, Andrea, Caro, Catalina) y una amiga de la-familia-Picnic celebramos la alegría del reencuentro conversando, riendo y leyendo. Entre nosotros y para nosotros.

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Una familia que ya nos había acompañado estuvo presente. Otra, almorzó en el parque (hizo picnic en Picnic) y se quedó a leer, a disfrutar del domingo. Y uno de los organizadores del proyecto ‘Lectura en movimiento’ nos acompañó un ratico, prometió regresar y propuso que participáramos en alguna de las jornadas de lectura en los medios de transporte público de la ciudad.

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Pero, sin duda alguna, lo más emocionante del pasado Picnic fue oír leer, en voz alta y libro tras libro, a nuestra querida Fernanda. ¿Sí la recuerdan? Es la hija menor del señor que vende helados en el parque y una de las razones por las que Picnic se lleva a cabo en Alcalá. Pues ese domingo “Tito y Pepita” (su favorito, que conoce casi de memoria) y “Un lunes por la mañana” (uno de los libros más queridos de Marcela) recibieron su mirada atenta, el desplazamiento de sus ojos emocionados, el contacto de sus manos, su respiración. Aunque no olvido que leía bajito, con cierta timidez, y que en varios momentos le pedimos que elevara el tono, pude reconocer su entrega, su concentración, su felicidad mientras compartía las historias con el grupo.

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Y ya que en esa tarde varios libros resonaron en diferentes voces y momentos, me gustaría cerrar este breve recuento con unas palabras de Juan David: “lo interesante de un libro no es leerlo, es poder releerlo siempre”.

Sobre narrar y escuchar

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El 12 de febrero tuvimos nuestro 11er Picnic de Palavras en Rio de Janeiro, Brasil. Una vez más, tuvimos una tarde maravillosa, rellenada de sonrisas, historias y libros, muchos libros.

La práctica de la lectura es algo que nos modifica como persona, que nos hace crecer y viajar a los más diferentes lugares de la mente. Pero leer al otro es una práctica aún mejor.
La lectura hecha al otro te engrandece en todos los sentidos, una vez que pasa al otro emociones, sonrisas, timbres y los más variados sentimientos que la lectura te proporciona.

Pero leer es una experiencia tan rica que hay siempre uno que te escucha. Eso es la lectura: sobre narrar y escuchar. Uno habla y el otro escucha, en una relación tan íntima y de tanta confianza, que es imposible salir sin sentir nada, sin modificarse, en una práctica constante de resignificación.

Por eso, agradezco al Picnic de Palabras! El Picnic me ha cambiado hace años, así como la lectura. Gracias a tod@s por vivir esa experiencia y que sigamos así por muchos años más!
Viva la lectura; viva a los niños; viva el Picnic de Palavras!

Picnic y el verano

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Por. Pato Pereyra

El clima nos va marcando un poco, el color de cada picnic. Hay picnic, grises en invierno, hay picnic brillantes en verano, o florecidos en primavera. Pero también, cada Picnic, cada encuentro con libros, tiene su propio clima.

Habíamos cancelado dos veces por lluvia, así que los libros y yo estábamos ansiosos.

Nomás llegar vimos que la plaza estaba desierta, había llegado a 40°C de sensación térmica, y la gente se quedaba en casa.

Me acompañó mi marido que me ayudaba a acarrear los libros, porque todos los otros ayudantes tenían sus propios compromisos (se habían metido a la pileta).

De a poco empecé a acomodar los libros sobre los manteles, cuando reconocí a esta madre con su hija, que ya habían venido en otra oportunidad. Me acerqué a invitarlas, (estaban en el sector de juegos) con un libro en mano, que recordaba que la pequeña había disfrutado.
Estaba con un vestido largo, a pesar del calor, violeta, como de princesa. Era una princesa.

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Como ven, de a poco se fue acercando a buscar más libros, algunos me dijeron que ya los conocía, y otros se los ofrecí para ver si le gustaban. Iban y venían los libros que compartía con su madre.

Al rato llegó una familia de 5 con dos perros, y los invité a participar. El padre me dijo que leían todos los días, entendí que no era el momento de leer …así que me alejé… Aunque volvimos a hablar cuando les ofrecí caramelos como hago siempre en algún momento de la tarde.

A medida que la tarde languidecía, la temperatura, un poco más soportable atrajo a otras familias. Un papá con dos nenes, que no sabía del Picnic, se entusiasmó y se acercó a leer con sus hijos.

Con esa familia leimos hasta el final varios libros. Llegaron también otra madre con dos hijos, que ya conozco de Picnic anteriores, se sentaron en las mesitas y miraron algunos libros. El hijo mayor, tendrá unos 12 o más, y lo conozco hace más de dos años. Una vez lo ví leer un libro de poesía de cuentos clásicos, Blancanieves y otras historias. Me sorprendió esa lectura, porque otras veces había elegido cuentos de misterio o terror. Cuando me acerqué a hablar con él me dijo que estaba buscando un libro para su hermanita. Ahora le leí a su hermanita.

Ahí subidos al mástil, un lugar un poco incómodo, abrazados al padre, porque era ahí donde querían estar, leimos y jugamos con Estaba la Rana y Un lobo así de grande.

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Al terminar, cuando todos se despedían agradeciendo, se acercó esa familia numerosa que había estado en los juegos mientras leiamos (aunque los perros venían cada tanto a saltar sobre los libros muy divertidos, es más uno salió en la foto), y la mamá me preguntó por la actividad. Le dije como buscarnos en facebook, que venimos una vez al mes, y dijo que la próxima iban a venir sin los perros…

Al final mi hijo más pequeño, también me acompañó en la plaza, de su autoría son las fotos que pude compartir en donde les estoy leyendo. Lo curioso, es que como hacía poco nos habían hecho una nota en un diario local, mi familia me decía que la plaza se iba a llenar de gente, y eso no pasó. Hemos tenido picnic de 30 personas o más, y en este apenas habrán llegado a 10 concurrentes. Pero el éxito del picnic no se cuenta en números, sino en encuentros, y en continuidad, es un logro para mí ver crecer a los niños del barrio, entre libros.

Fue un picnic cálido, como el día, pero intimista, como si no importara que estuviéramos en la plaza, un ambiente público y abierto. Como todos, un picnic especial.

Vuelven las historias después del invierno

Febrero llega y trae consigo el Picnic di parole a Firenze…

O sea la versión italiana del Picnic de palabras.

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Volvimos a la plaza después de una larga pausa invernal que fue necesaria par revitalizar ciertos proyectos de nuestra asociación.

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Los primeros rayos de sol del pasado domingo nos brindaron un ambiente muy agradable para estirar los manteles al pasto y ordenar los libros.

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Los niños fueron llegado de a poco, dando prioridad al fútbol, a los juegos del arenero, y a las carrera sin rumbo por el parque.

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Nos hicimos amigos de nuevos lectores, divulgamos el verbo del Picnic y contamos unos cuentos maravillosos…

 

Leer y crear

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Lugar: Parque La Carolina, Quito, Ecuador
Fecha: 12 de febrero de 2017
Mediación: Paola y Grace
Fotos y reseña: Paola López

Llegó el domingo y maravillosamente logré instalar sola el Picnic de Palabras en el parque La Carolina. Debido a distintos motivos la otra colaboradora que se había apuntado para hacerlo en conjunto, nunca llegó.

A pesar del temor que generaba montarlo sin manos, ni existencias que apoyen y unan esfuerzos, lo hice, principalmente, por respeto y reciprocidad con los invitados que habían confirmado su asistencia.

La mañana estaba fría y había un cielo nublado que anunciaba llovizna. Sin embargo, gracias a la insistencia de Cristopher y su valiosa ayuda, ubicamos unos pocos libros en los manteles e invitamos a las familias que circulaban por los alrededores.

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Varias adolescentes y un par de niñas, hijas de otros comerciantes del parque, se unieron entusiasmadas por primera vez a la dinámica. Llegaron algunas familias nuevas que aceptaron la invitación a realizar Kirigami (arte de papel cortado) con los invitados de 3DPAPEL, entre esas, una familia de la India que hablaba principalmente inglés, pero que gracias a la traducción de mi hermana y su deseo, lograron seguir los pasos de la actividad.

Las chicas me preguntaron sobre qué se trataba el proyecto; si los libros eran sólo para “niño/as”, y si ellas podían leerlos. Les explique que a pesar de que el género se denomina Literatura Infantil porque está pensado para el disfrute y comprensión de lectores infantiles; nosotras consideramos que la literatura es universal y que los libros álbum se caracterizan porque la narración textual y visual ofrece guiños para lectores de distintas edades. Reflexionando sobre el tema, pensamos que este tipo de libros son inclusivos, favorecen distintos niveles lectura y que haya más de una interpretación.

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Adultos, niño/as y adolescentes se integraron con entusiasmo a realizar los animales de papel en 3D. Mientras dibujaban los conceptos salidos de su imaginación, algunos solicitaban borradores, respecto a lo cual Fabricio (coordinador actividad) respondió que ellos no los tienen porque respetan el “error” y, en sí, todo lo que sucede en el proceso de construcción y creación. Luego me comentó sobre la importancia de generar seguridad en los niño/as, aspecto que la educación formal, muchas veces, lima. Minutos después entre los manteles circulaban cerditos con cabello, conejitos dientones, elefantes flacos, perros con nombres y hasta lombrices.

Después de la actividad, los protagonistas de este encuentro fueron los libros en inglés, pues la presencia de la familia de la India y las comunicaciones con ellos, motivó a que las adolescentes busquen y lean en conjunto con mi hermana libros como Pomelo, entre otros y, también, libros de poesía.

Aproximadamente a las 13:00pm, con la ayuda de Fabricio y su familia, levantamos los parasoles, manteles y libros; recibimos muchos agradecimientos y sonrisas de los asistentes con curiosidad sobre los próximos encuentros y la promesa de que volverían.

Picnic de Palabras contado en 4 voces

El 4 de diciembre, para cerrar el 2016, imaginamos y dibujamos historias en compañía de Zorro+Conejo: laboratorio de arte y diseño para niños. Me disculpo por compartir hasta ahora la bitácora de esa fecha especial… pero confío en que llega “tarde pero a tiempo” (como solía decir Lorca).

Varias voces nombraron la experiencia:

Juan D. Rincón:
Un domingo más de Picnic de Palabras. Un domingo más especial que cualquier otro, por ser el último del año, porque quisimos recoger todo lo sembrado en un año de palabras, alegrías, risas, lágrimas, libros y despedidas que sólo son la promesa de futuros reencuentros. El último del año, pero también el primer domingo de picnic en que llegué al parque antes que nadie; el primero en que leí en voz alta desde hace un buen tiempo; el primero en que decidimos acompañar palabras con colores, con formas, con lápices, con tizas, con figuras… Fue un domingo de EXTRAÑAR en mayúsculas, fue un domingo más de leer y reír, de juego y fotografías hecho con el alma y las manos. Un domingo hecho con las voces y las historias de todos los que hacemos parte de esta maravillosa familia construida alrededor de las palabras.

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Amalius Satizabal:
Se llenó de niños, de niños de pocos y muchos años. Luciano, un pequeñito lector nos deleitó con sus expresiones y su amor por los dinosauros. Se nos acercó Juan José, un hombre de unos 50 años, quién devoró los libros en busca de dibujos hermosos, porque “yo no sé leer, pero dibujar sí puedo.” Encontró en los libros la inspiración para dibujarnos a cada uno un mensaje de paz.

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Catalina Laserna:
Dos voluntarias fueron en busca de niños al parque, una llevó a un niño y la otra llevó a Sara, la hija de Zorro, “adoración” de Conejo, los expositores del laboratorio de diseño y arte para niños y niñas. Sara estaba tan empoderada del proyecto de su madre que sabía perfectamente cómo seducir a padres y niños. Su expresividad atrapó la atención de varios pequeños. El grupo se hizo grande y mientras terminaron de reunirse todos, Amalia leyó un cuento de unos tigres que comían unos perros que salían por la cola. Juan y Amalia hicieron el gran y anhelado show de Tito y Pepita, lo cual atrapó la atención del público con mucha fuerza hasta que llegó el momento en que Zorro y Conejo se presentaron e hicieron la invitación de recorrer el espacio para dibujar con las diferentes propuestas: unos tableros circulares instalados en el piso haciendo las veces de hoyos, de donde podía salir cualquier cosa subterránea dibujada con tizas. Había rollos de papel en las cámaras fotográficas de madera y ahí el que quería hacía dibujitos para hacer una historia entre muchos dibujitos. Había tablas con papel para copiar imágenes de los cuentos de Picnic y había unas lupas para hacer microdibujos en cuadraditos de papel que con la lupa se aumentaban. Fue fascinante ver tantas posibilidades… ¡y ni hablar del momento en que llegó el modelo para dibujar en varias posiciones! ¡¡¡Era un escarabajo gigante!!!

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Caro Cove:
Fue un Picnic muy especial, en el que se notó la unión familiar de Sara, Alejandra y John. Me gustó mucho cuando Sara fue el modelo de escarabajo, que según Dani y Amalia era un dinosauro-rinoceronte. Porque cada quien tiene su punto de vista diferente a un objeto y de eso se trata el arte. Explorar, opinar sin ser juzgado. Un espacio que se llenó de creatividad inspirado por niños, adultos, juegos con las cámaras, las tizas, las lupas, los colores, las emociones.

Algo muy bonito fue regalar los dibujos hechos por uno a personas desconocidas. Se sintió una conexión súper linda. También recuerdo el dibujo que hizo Sara de Amalia con todos los detalles: el pelo crespo, el saco lleno de esqueletos de dinosaurios…